En los despachos silenciosos de muchas cancillerías latinoamericanas se estudia en voz baja un hecho que ya no puede pasarse por alto: China ha dejado de ser un invitado exótico en la escena regional para convertirse en socio habitual, insistente, cada vez más presente. No hace falta un nuevo anuncio espectacular; la estrategia ya está en marcha. Lo que toca ahora es mirar si hay rumbo propio o solo entusiasmo por el dinero fácil.
En los últimos meses, Pekín ha tejido una red de convenios bilaterales y multilaterales con gobiernos de todo el continente. El plan de acción firmado con la CELAC incluye líneas de crédito cercanas a los 9 000 millones de dólares, proyectos en energías limpias, infraestructura, telecomunicaciones, inteligencia artificial y hasta becas universitarias. Una panoplia amplia y bien empacada que llega, además, sin muchas condiciones ni inspecciones externas.
¿Y qué país puede decir que no a una cartera llena de promesas? En especial cuando el financiamiento occidental exige reformas fiscales, auditorías independientes, metas ambientales o condiciones sociales. China no impone reglas: ofrece dinero y proyectos. A cambio, busca alineamiento económico y cierta cercanía política.
Para muchos gobiernos de la región, esa oferta es tentadora. Permite mostrar avances rápidos, cortar cintas, inaugurar obras. Pero también abre riesgos. Porque no hay regalos sin expectativa de retorno. Y porque, como recuerda la experiencia africana, cuando la deuda en yuanes crece sin regulación ni evaluación social, la soberanía puede irse licuando sin que nadie lo advierta.
En América Latina, la historia está todavía por escribirse. Brasil, Chile, Perú y Argentina ya colocaron a China como su principal socio comercial. Colombia se acerca con cautela. México mantiene una posición ambigua, mirando más hacia Washington que hacia el Pacífico. Pero la lógica se impone: si China presta sin condicionar, y los otros miran desde lejos, la tentación se vuelve estrategia.
El problema es que casi nadie discute esto en voz alta. No hay debates parlamentarios, ni informes críticos, ni evaluaciones ciudadanas sobre el costo de esta aproximación. La conversación pública está ausente. Los convenios se firman en salones cerrados y las obras se anuncian con discursos eufóricos, pero sin análisis de fondo.
Y sin embargo, la cuestión es profunda. ¿Queremos insertarnos en la economía global como socios inteligentes, con agenda propia, o como receptores agradecidos? ¿Tenemos capacidad institucional para negociar de igual a igual, o solo corremos tras el financiamiento más rápido? ¿A quién le rinden cuentas estos acuerdos multimillonarios?
La oportunidad está ahí. Nadie niega que la región necesita infraestructura, energía, inversión en ciencia y tecnología. Pero también necesita soberanía, transparencia y debates reales sobre su futuro. China puede ser un aliado valioso si se negocia con firmeza. Pero puede volverse una dependencia silente si se acepta sin control.
En tiempos en que Washington pierde foco y Europa mira hacia adentro, Pekín se mueve con paciencia. Por eso mismo, la responsabilidad ya no está en el oferente. Está en los gobiernos, los parlamentos y las sociedades civiles de América Latina. Ellos decidirán si este vínculo se convierte en una asociación estratégica… o en un cheque en blanco que firmaremos con los ojos cerrados.
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- Simón Alhué es ensayista y lector errante nacido en el sur de Chile. Sus textos cruzan reflexión literaria, memoria simbólica e interrogantes sobre el destino cultural de Hispanoamérica