La directora general de la Unesco advierte que la cultura no puede seguir tratándose como un lujo. En vísperas de Mondiacult Barcelona, defiende su papel como motor de cohesión y reconstrucción en un mundo fragmentado.
En Barcelona se prepara una cita que promete trascender lo estrictamente protocolario. La Conferencia Mundial sobre Políticas Culturales y Desarrollo Sostenible —Mondiacult— reunirá a más de 120 ministros de Cultura, además de artistas e intelectuales, para reflexionar sobre un bien que suele ser la primera víctima en tiempos de crisis: la cultura.
Al frente de este encuentro se encuentra Audrey Azoulay, directora general de la Unesco desde 2017. En una entrevista reciente, Azoulay sostuvo con firmeza que la cultura “no debe ser la variable de ajuste de un sistema en crisis”. La frase no es solo una advertencia, sino un llamado a comprender que el arte, el patrimonio y la creación son más que ornamentos: constituyen una infraestructura vital para la cohesión social.
El mensaje cobra especial fuerza en una época marcada por el debilitamiento del multilateralismo y el regreso de tensiones geopolíticas. La cultura, según Azoulay, puede ser el terreno común para reconstruir puentes. Así lo demuestran experiencias pasadas: el acuerdo de las dos Coreas para inscribir conjuntamente la lucha tradicional como patrimonio inmaterial, o la reconstrucción internacional de Mosul tras la devastación del Estado Islámico.
España adquiere en este contexto un papel central. No solo como anfitriona de Mondiacult, sino como país que se reconoce a sí mismo en un tejido cultural iberoamericano que lo conecta con América Latina. Para los países latinoamericanos, la conferencia es también una oportunidad: defender que las políticas culturales deben formar parte de las estrategias de desarrollo y no quedar relegadas a presupuestos residuales.
La voz de Azoulay resuena en un momento en que la tentación de reducir la cultura a entretenimiento es fuerte. Pero ella insiste: “Hoy los Estados deben elegir: seguir tratándola como un lujo o reconocerla como infraestructura vital”. Una disyuntiva que América Latina conoce bien, especialmente cuando los ajustes fiscales golpean de lleno a la creación artística y a la preservación patrimonial.
La ausencia anunciada de Estados Unidos, tras su decisión de abandonar la Unesco en 2026, no resta legitimidad al encuentro. Al contrario, subraya que quienes se ausentan pierden influencia en un campo donde se juega el imaginario de las naciones.
Mondiacult Barcelona no será la panacea, pero sí un recordatorio oportuno: sin cultura no hay cohesión, ni memoria, ni futuro compartido. Para América Latina y España, la apuesta es clara: situar la cultura en el corazón de las políticas públicas, como un bien común imprescindible en tiempos de incertidumbre.