Alfonsina Storni caminó como loba entre hombres que se creían leones. Vivió el amor como herida y desafío. Sus poemas no fueron suspiros románticos. Fueron gritos y cuchillos. Nació en Suiza en 1892, creció pobre en San Juan, Argentina. Fue maestra, actriz, madre soltera. Se enfrentó a la hipocresía de su tiempo con versos como estos:
“Yo soy como la loba.
Quebré con el rebaño
y me fui a la montaña
fatigada del llano.”
No hablaba desde el resentimiento. Su amor no fue mito dulce. Fue hambre de existir sin permiso. Amó hombres que no la amaron. En Irremediablemente confesó su herida:
“Hombre, yo quiero que mi mal comprendas.
Hombre, yo quiero que me des dulzura.”
No buscaba la piedad de nadie. Buscaba un amor que no le pidiera pureza a cambio de afecto. En Tú me quieres blanca, escribió sin rodeos:
“Tú me quieres alba,
me quieres de espumas,
me quieres de nácar.
(…)
Huye hacia los bosques;
vete a las montañas;
límpiate la boca;
vive en las cabañas.”
La sociedad le exigía ser azucena intacta. Mientras tanto, los hombres gozaban sin restricción y pedían blancura como retribución. Alfonsina respondió con poesía que era también rebeldía política. Su verso no mendigaba admiración. Desnudaba el deseo y el dolor como un derecho.
En Mundo de siete pozos, su último libro, su lenguaje se volvió metafísico. Miraba el cuerpo como un universo. Escribió:
“Se balancea
arriba, sobre el cuello,
el mundo de las siete puertas:
la humana cabeza.”
La crítica de su tiempo la llamó sentimental. Su lirismo era un filo que cortaba las normas. Cada poema hablaba de hambre, furia y libertad. La enfermedad, un cáncer de mama, y la pobreza la arrinconaron. Viajó a Mar del Plata para esperar el final. Tenía 46 años. Caminó hacia el mar de madrugada. Su último poema, Voy a dormir, no pide clemencia. Deja un encargo simple y feroz:
“Si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido.”
Alfonsina no encajaba en el molde de musa callada. Fue loba, humana, abismo. Sus versos no eran ideología. Eran experiencia viva. Escribía para las mujeres que lavaban ropa ajena y dormían sin sueños. Para las que criaban hijos en silencio. Para ellas y para sí misma. Dijo:
“Alguna vez andando por la vida,
por piedad, por amor,
como se da una fuente sin reserva,
yo di mi corazón.
(…)
¡Echadle piedras, eh, sobre la cara!
Ha dado el corazón.”
Hoy su poesía se lee como un manifiesto feminista antes del feminismo organizado. Sus palabras siguen incómodas porque no buscan aplauso, sino verdad. Le habló al amor sin mitificarlo. Le habló al hombre sin adorarlo. Le habló al abismo sin temerle. Murió dejando versos que siguen temblando como un eco de libertad. Porque leerla es escuchar a una mujer que no pidió permiso para decirse loba y humana, herida y deseante. Y porque leerla es entender que la libertad, como el amor, siempre tiene un precio.