El brote detectado en el crucero MV Hondius ha disparado la alarma sobre el hantavirus de los Andes, la única cepa de este grupo viral que se transmite entre personas. Un estudio publicado en The New England Journal of Medicine reconstruye un brote anterior con 34 contagios y 11 muertos que demuestra tanto la capacidad de transmisión directa como sus límites epidemiológicos.
El hantavirus que ha causado tres muertes a bordo del crucero MV Hondius pertenece a una familia viral conocida desde los años setenta, pero su variante andina —la única que se transmite de persona a persona— sigue siendo una de las menos estudiadas de su género. La comunidad científica ha tardado décadas en aceptar esa transmisión directa, en parte porque los brotes son escasos y difíciles de rastrear. El caso analizado por Gustavo Palacios, microbiólogo del hospital Monte Sinai de Nueva York y coautor del estudio de referencia publicado en la revista médica The New England Journal of Medicine, ayuda a entender qué hace excepcional a esta cepa y por qué su riesgo, siendo real, tiene límites claros.
El portavoz de la OMS, Abdirahman Khalif Mohamud, ha comparado el brote del crucero con el estudiado en Argentina en 2018. «Lo que hace único este brote es la similitud: la concentración de personas en un espacio cerrado», declaró. Esa característica amplifica un virus que, en condiciones normales, transmite poco y mal entre humanos. Entender cómo funciona esa transmisión es la clave para evaluar el riesgo real.
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Por qué el virus de los Andes es una excepción dentro de los hantavirus
Los hantavirus son una familia viral amplia cuyos reservorios naturales son los roedores. La mayoría de las cepas conocidas no se transmiten de persona a persona: el contagio ocurre cuando un humano inhala partículas de orina, heces o saliva de un roedor infectado. Esta característica los hace peligrosos en entornos rurales, pero poco preocupantes desde el punto de vista epidémico. La variante andina, detectada por primera vez en los años noventa en la Patagonia argentina, rompió ese patrón.
En 1993, el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos identificó en la zona de Four Corners un nuevo virus —el hantavirus Sin Nombre— que causaba síndrome pulmonar con una tasa de mortalidad muy alta. En 1996 se describió el virus de los Andes, segundo de los hantavirus del Nuevo Mundo. Los primeros brotes entre 1997 y 1998 mostraron casos epidemiológicamente unidos que no podían explicarse por transmisión solo de roedor a humano, aunque la comunidad virológica tardó en aceptar el hallazgo porque suponía un cambio de paradigma.
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Cómo se demostró científicamente el contagio directo
El estudio de Palacios reconstruye un brote de 2018 en Chubut, Neuquén y Río Negro, en Argentina. Todo comenzó en una fiesta de cumpleaños con aproximadamente 100 invitados. Una asistente —identificada como paciente 1— empezó a mostrar síntomas y contagió al menos a cinco personas que habían estado sentadas cerca de ella o a las que saludó. La tasa de transmisión antes de las medidas de aislamiento fue de 2,12: una persona infectaba de media a otras dos.
El caso más revelador fue el del paciente 2, que asistió a la fiesta pero estuvo poco tiempo. Contagió sin embargo a seis personas más, entre ellas su cónyuge. Su activa vida social posterior fue la fuente más probable de ese grupo de infecciones. Cuando murió, diez personas que asistieron a su funeral y estuvieron en contacto cercano con otro infectado enfermaron entre 14 y 40 días después. Los 12 pacientes restantes habían estado en contacto con al menos un caso previo sintomático. En total, 34 contagios y 11 muertes rastreados hasta ese cumpleaños.
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Por qué los supercontagiadores son la excepción, no la regla
El brote argentino mostró que algunos individuos, por su carga viral y su actividad social, pueden transmitir el virus en una tasa de 2,12. Ese número alarmó inicialmente a los investigadores. Pero Palacios pide contexto: «Hay menos de mil casos documentados de este virus. Y en la mayoría de los casos no vemos cadenas de transmisión secundaria», advirtió. Cuando las autoridades sanitarias aislaron a los afectados de forma voluntaria, la tasa bajó rápidamente al 0,96, por debajo del umbral epidémico.
La razón estructural de ese límite es que el hantavirus llega a un punto muerto. «En los hantavirus hay un dead end, un punto muerto en la transmisión. Al final de tres transmisiones, es lo máximo que hemos visto, ya no hay más contagios», explicó el microbiólogo. El virus no se comporta como la gripe o el coronavirus, que tienden a un contagio exponencial, sino más como la viruela del mono, cuya cadena de transmisión se agota en pocos eslabones.
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Qué sabemos del riesgo real en el crucero
El entorno del MV Hondius comparte con el brote argentino la concentración de personas en espacio cerrado, el elemento que la OMS considera determinante en la amplificación del virus. Pero el contexto es distinto en aspectos relevantes. El brote de 2018 se produjo en una zona rural de Argentina, con clima y condiciones favorables para la actividad al aire libre. Un crucero de lujo es un espacio aún más confinado, aunque con condiciones sanitarias y de ventilación distintas.
Lo que sí está establecido científicamente es que la transmisión requiere un contacto estrecho, hospitalario o sexual, de menos de un metro durante al menos 30 minutos. «No es del todo así», matizó Palacios al ser preguntado sobre si esa definición es suficiente: hay casos documentados con contactos más breves. El período de incubación puede extenderse hasta 45 días, aunque la capacidad de transmisión del virus cuando la persona no tiene síntomas es muy improbable. Eso limita el riesgo de contagio durante los traslados de repatriación si los pasajeros siguen los protocolos de separación indicados por Sanidad.
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Por qué no hay tratamiento y qué puede hacer el sistema sanitario
El hantavirus de los Andes no tiene vacuna ni tratamiento específico. La atención médica se centra en aliviar los síntomas y mantener estables las constantes vitales mediante oxigenoterapia, ventilación mecánica y estabilización hemodinámica en cuidados intensivos, según el protocolo del Ministerio de Sanidad. La tasa de mortalidad de la variante andina es del 38%, significativamente superior a la de otras cepas y muy por encima de la del SARS-CoV-2 en sus primeras oleadas.
En las redes sociales han circulado desde el inicio del brote remedios sin respaldo científico, entre ellos la ivermectina —un antiparasitario que las agencias reguladoras ya desaconsejaron durante la pandemia de covid— y suplementos como la vitamina D o el zinc. El Ministerio de Sanidad emitió el miércoles un llamamiento a «la tranquilidad», subrayando que «la transmisión entre humanos es prácticamente inexistente» en términos históricos, y que hasta ahora solo se han documentado episodios puntuales de transmisión directa en 1996 y 2018. El MV Hondius añade un tercer caso al registro. «No hay que ser alarmista, hay que ser realista», resumió Palacios.