Un nuevo modelo de inteligencia artificial, desarrollado por DeepMind, puede datar inscripciones antiguas, identificar su origen y sugerir palabras faltantes en textos deteriorados. Su impacto promete transformar el trabajo de los historiadores y abrir horizontes también para América Latina.
En un tiempo donde la inteligencia artificial escribe poemas, predice diagnósticos médicos y compone sinfonías, el modelo Aeneas ha dado un paso decisivo en otro frente: la epigrafía antigua. Historiadores británicos, griegos y alemanes, junto a expertos de DeepMind, han creado una herramienta capaz de leer fragmentos de piedra como si fueran páginas aún legibles del pasado.
Aeneas trasciende la simple reconstrucción de fragmentos. Estima la edad de una inscripción con un margen de error de apenas trece años, detecta patrones regionales y formula hipótesis sobre el origen geográfico del texto. Entrenado con más de 176.000 inscripciones latinas, el sistema ya ha demostrado resultados superiores a los obtenidos por historiadores humanos en pruebas comparativas.
La inscripción Res Gestae Divi Augusti, atribuida al primer emperador romano, fue una de las primeras en pasar por el tamiz de Aeneas. El modelo fechó el texto dentro de un margen afín a las estimaciones clásicas y trazó paralelismos entre inscripciones dispersas por antiguas provincias, iluminando vínculos culturales aún en discusión. Así, esta inteligencia artificial no se limita a restaurar lo perdido: también tiende puentes.

Más allá del Imperio Romano, esta tecnología plantea preguntas urgentes para América Latina. En una región donde la pérdida de archivos, la destrucción del patrimonio arqueológico y la violencia sobre la memoria han sido recurrentes, contar con una herramienta capaz de reconstruir textos mutilados es más que un avance técnico: es una oportunidad política y cultural.
La posibilidad de aplicar modelos similares a inscripciones indígenas, quipus coloniales o escrituras prehispánicas abre un campo aún inexplorado. La historia de nuestros pueblos ha sido escrita —y, muchas veces, silenciada— con piedra, madera, hilo o arcilla. Aeneas, o sus futuros equivalentes en lenguas nativas, podría convertirse en aliado de esa recuperación.
Sin embargo, los expertos insisten en no idealizar. El modelo no sustituye el trabajo del historiador: lo potencia. Aeneas propone hipótesis, no verdades absolutas. Su uso requiere contraste, verificación, juicio crítico. Pero la herramienta ya permite democratizar el acceso a la investigación histórica, sobre todo en países donde los archivos epigráficos están dispersos o inaccesibles.
La historia, como los cimientos de un templo antiguo, necesita ser restaurada con cuidado. El objetivo consiste en reconstruir lo esencial: entender quiénes fuimos, qué caminos recorrimos y qué palabras quedaron sepultadas en la piedra y el tiempo. Que una inteligencia artificial sea capaz de iluminar esos vacíos no es una señal de reemplazo humano, sino una promesa de memoria ampliada.