China respondió con firmeza a las críticas del jefe del Comando Sur de Estados Unidos, Alvin Holsey, quien en Buenos Aires acusó a Pekín de querer “exportar su modelo autoritario” en la región. El portavoz Guo Jiakun replicó que esas palabras son un eco de la Guerra Fría y subrayó que la cooperación china con América Latina se apoya en respeto, igualdad y beneficio mutuo. Entre el discurso de Washington y el de Pekín surge un dato clave: la región busca ser actor y no escenario.
Las declaraciones del almirante Holsey reavivan un libreto que América Latina conoce demasiado bien. Bajo el paraguas de la seguridad hemisférica, Estados Unidos alerta sobre una supuesta estrategia china destinada a controlar puertos, infraestructuras críticas y sectores estratégicos como la energía o las telecomunicaciones. Pekín, en paralelo, defiende su presencia como motor de desarrollo, inversión y modernización de las economías locales. El contraste entre ambas narrativas se intensifica: Washington habla de amenaza, Pekín habla de oportunidades.
La respuesta del portavoz chino, que acusó a Estados Unidos de “mentalidad de Guerra Fría”, ilustra un cambio profundo en los equilibrios globales. Durante décadas, el continente fue definido como “patio trasero”, expresión que América Latina rechaza con creciente firmeza. La frase de Guo Jiakun al señalar que la región “tiene todo el derecho de elegir a sus socios y su propio camino de desarrollo” sintetiza el núcleo del debate: la autonomía. Lo que está en juego abarca más que infraestructura o satélites; se trata de la capacidad de los países latinoamericanos de decidir soberanamente frente a dos potencias rivales.
Los hechos refuerzan la magnitud del desafío. El comercio entre China y América Latina superó en 2025 los 427 000 millones de dólares, consolidándose como motor de crecimiento para economías como la brasileña, la chilena o la peruana. Informes de centros de estudios estadounidenses advierten de la presencia china en más de 30 puertos estratégicos, incluidos enclaves cercanos al Canal de Panamá. Washington percibe riesgos de uso dual, civil y militar, de esas infraestructuras. El dilema consiste en decidir si esos riesgos justifican reeditar una versión modernizada de la Doctrina Monroe.
Un análisis crítico exige observar ambos lados. Estados Unidos denuncia la captura de tierras y redes energéticas por empresas chinas, pero mantiene prácticas de presión diplomática, sanciones y condicionamiento financiero. Pekín promete cooperación “sin condiciones”, aunque su historial en África y Asia demuestra que las deudas y la dependencia tecnológica funcionan como instrumentos de influencia política. Ninguna de las dos potencias representa neutralidad absoluta. El riesgo principal consiste en reducir a América Latina a objeto de disputa en lugar de reconocerla como sujeto autónomo de decisiones.
La región ya ha empezado a mover sus piezas. La adhesión de numerosos países a la Iniciativa de la Franja y la Ruta, junto con la diversificación de socios estratégicos más allá de Estados Unidos y Europa, confirma que el mapa actual se aleja del esquema bipolar. México, Argentina o Colombia negocian simultáneamente con Pekín, Washington y Bruselas, extrayendo beneficios de cada interlocutor. Esa flexibilidad, que incomoda a Washington y entusiasma a Pekín, refleja un signo de madurez política y pragmatismo económico.
El fondo de este cruce de discursos no se limita a un diferendo entre dos superpotencias. Representa, sobre todo, la voluntad de un continente que busca emanciparse de categorías heredadas de la Guerra Fría y definir sus propios términos de relación internacional. Si Estados Unidos insiste en hablar de amenazas y China en hablar de cooperación, América Latina responde con una sola palabra: soberanía.