Islamabad: cuando una negociación no fracasa, sino que desnuda el conflicto

12 avril 2026 - 17:01

Hay veces en que una negociación no sirve para resolver un conflicto, sino para mostrarlo en toda su crudeza. Eso es exactamente lo que ha ocurrido en Islamabad. Después de veintiuna horas de conversaciones directas entre Estados Unidos e Irán —las primeras al más alto nivel en cuarenta y siete años— no ha habido acuerdo, pero reducir lo sucedido a la palabra “fracaso” sería una simplificación cómoda y, sobre todo, engañosa. Lo que la maratoniana reunión ha dejado al descubierto no es tanto la imposibilidad de la paz como la profundidad del abismo político, estratégico y simbólico que separa a ambas partes. Porque aquí no estamos ante una simple disputa diplomática susceptible de resolverse con fórmulas técnicas o concesiones de última hora. Estamos ante dos relatos del mundo, dos memorias históricas y dos concepciones de la seguridad que apenas encuentran un punto de contacto. Washington llegó a la mesa con la lógica de quien se siente militarmente reforzado y exige garantías absolutas sobre el programa nuclear iraní; Teherán, en cambio, acudió con la lógica de quien ha sobrevivido a la presión externa y considera que ceder en ese terreno equivaldría a una rendición política interna.

La cuestión nuclear, presentada por la delegación estadounidense como línea roja innegociable, es en realidad mucho más que un dossier técnico. El famoso “cero enriquecimiento” exigido por Washington no se traduce, desde la óptica iraní, en una simple renuncia a una capacidad industrial, sino en la aceptación de una vulnerabilidad estructural frente a sus adversarios regionales y globales. No es casual que JD Vance haya insistido en la necesidad de un compromiso firme y duradero, ni que Teherán haya respondido denunciando exigencias “excesivas e ilegales”. Detrás de ese lenguaje diplomático se esconde algo más profundo: la imposibilidad, por ahora, de construir una mínima confianza estratégica. Ningún régimen, y menos uno que ha hecho de la resistencia parte de su legitimidad interna, puede permitirse aparecer ante su opinión pública como alguien que entrega, bajo presión militar, uno de sus principales instrumentos de disuasión.

Pero si el expediente nuclear explica una parte de la fractura, el estrecho de Ormuz explica la otra, quizá la más sensible para la economía mundial. Conviene no banalizar este punto. No se discute solo la reapertura de una vía marítima; se discute el control simbólico y real de uno de los nervios energéticos del planeta. Por Ormuz circula aproximadamente una quinta parte del comercio marítimo mundial de petróleo. Eso convierte al estrecho no solo en una infraestructura geográfica, sino en un instrumento político de primer orden. Irán lo sabe perfectamente y, por eso, difícilmente iba a desprenderse de esa palanca sin obtener contrapartidas sustanciales. Para Teherán, Ormuz es la llave de su capacidad de presión internacional; para Washington, su reapertura sin restricciones es indispensable para estabilizar mercados, contener el precio del crudo y proyectar la imagen de que la guerra no ha alterado el equilibrio estratégico del Golfo. En esa tensión entre seguridad energética y soberanía regional se ha enquistado buena parte del bloqueo negociador.

Hay además un elemento que vuelve especialmente frágil cualquier tentativa de paz: mientras las delegaciones hablaban en Islamabad, la guerra seguía viva en otros frentes, particularmente en Líbano. Esa simultaneidad es devastadora para cualquier proceso diplomático. No se puede construir una arquitectura de paz bilateral mientras los actores aliados continúan operando militarmente en escenarios paralelos. La mesa de Islamabad no era, en realidad, una sola mesa, sino la intersección de varias: Washington, Teherán, Tel Aviv, Beirut, Ormuz, Islamabad. Cada una con tiempos, prioridades y cálculos diferentes. Por eso sería ingenuo esperar que un primer encuentro pudiera producir un acuerdo definitivo. Lo que ha hecho, en cambio, es medir la distancia real entre las posiciones y, quizás más importante aún, dejar abiertos los canales de comunicación. En política internacional, especialmente en Oriente Medio, esa continuidad del diálogo ya constituye un hecho relevante.

Lo sucedido, en definitiva, no anuncia ni la paz ni la ruptura. Anuncia una fase más compleja, más silenciosa y quizá más decisiva: la de la presión indirecta, los mensajes cruzados, las consultas con terceros actores y la diplomacia que se desplaza de la mesa pública a los canales discretos. Islamabad no ha clausurado la posibilidad de un acuerdo; simplemente ha recordado algo que demasiadas veces olvidamos: las guerras no terminan cuando cesan las armas, sino cuando los actores aceptan que ninguno puede imponer por completo su relato al otro. Ese momento, a juzgar por lo visto en estas últimas horas, todavía no ha llegado.

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