Las operaciones de la CIA confirmadas por Trump remiten a los golpes de Estado, intentos de magnicidio y apoyo a insurgencias que marcaron el siglo XX en la región. Desde el derrocamiento de Salvador Allende en Chile en 1973 hasta los intentos de desestabilización en Nicaragua y Guatemala, Estados Unidos recupera su tradicional política exterior agresiva en el continente. El presidente republicano ha autorizado seis operaciones encubiertas en Venezuela durante los últimos meses, según confirmaron fuentes de la Agencia de Inteligencia estadounidense.
La larga y siniestra historia de intervenciones de Estados Unidos en Latinoamérica parece estar a punto de escribir un nuevo capítulo. Tras un siglo XX de activa injerencia, a veces patente y otras encubierta, que se remontaba formalmente a 1889, con operaciones como el derrocamiento de Salvador Allende en Chile en 1973, la Administración de Donald Trump ha autorizado operaciones encubiertas de la CIA en Venezuela. Si a eso se suman los cinco ataques contra supuestas narcolanchas y un pequeño submarino en el Caribe, comandados por el almirante Kurt W. Tidd, a cargo de las operaciones militares en la región dos años antes de lo previsto, la administración Trump adelanta una segunda fase de la ofensiva.
La diferencia fundamental respecto al pasado es que, en un mundo determinado por un flujo ininterrumpido de comunicación e interacciones públicas en las redes sociales, los analistas del Departamento de Estado ahora juegan con la idea de anunciar públicamente el siguiente paso de sus operaciones. Hay un temor a quien puede ser el siguiente, explica una fuente diplomática latinoamericana en la capital estadounidense. Y también una cierta sensación de que los países que mantengan una buena relación con Washington se librarán de intervenciones directas. Aunque con este Gobierno nunca se sabe, añade la misma fuente refiriéndose tanto a Colombia como a México.

Trump ya ha utilizado la guerra contra las drogas y su política de tolerancia cero frente a la migración irregular como una arremetida arancelaria contra varios países de la región. Sin embargo, al margen de los encontronazos comerciales con el presidente Gustavo Petro de Colombia, el último que contó con su apoyo durante la Asamblea General de Naciones Unidas, la percepción que se tiene en Bogotá y en Ciudad de México es que, por el momento, Venezuela es el blanco estratégico de Washington. Sería muy ingenuo pensar que la CIA empezó a operar después de que Trump lo dijera públicamente, reconoce un analista latinoamericano.
La sombra de la Operación Cóndor
El ejemplo más siniestro del intervencionismo estadounidense en América Latina fue la Operación Cóndor, una campaña de represión coordinada entre las dictaduras sudamericanas y Washington en los años setenta y ochenta para desaparecer a la oposición política. Miles de casos documentados de torturas, asesinatos y vuelos de la muerte en Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay, Uruguay, Brasil, Ecuador y Perú dejaron un rastro de sangre que aún no se ha cerrado en la memoria colectiva de la región latinoamericana.
En 1973, el general chileno Augusto Pinochet dio un golpe de Estado contra el Gobierno legítimo del socialista Salvador Allende con el beneplácito de Estados Unidos. Hay que recordar que el entonces secretario de Estado, Henry Kissinger, fue galardonado ese mismo año con el Nobel de la Paz. Estados Unidos también contribuyó a instaurar la dictadura militar argentina con su apoyo al golpe de Estado contra el izquierdista João Goulart en Brasil durante 1964. En todos los casos existió un interés estratégico claro: evitar la expansión del poder comunista hasta la década de los ochenta.

En el mapa de intervenciones estadounidenses en el continente durante el siglo XX no figura únicamente Venezuela, cuyos intereses económicos coincidentes con la superpotencia garantizaron una relación fluida hasta la llegada al poder de Hugo Chávez. Lo que pareció entonces una intervención limitada se infiere de la confesión de John Bolton, exasesor de Seguridad Nacional en el primer mandato de Trump. Bolton, quien el jueves fue imputado por su manejo de información clasificada, reconoció en 2022 que ayudó a organizar intentonas golpistas en otros países sin dar detalles, refiriéndose específicamente a la crisis con Venezuela en 2019 por el reconocimiento de Juan Guaidó como presidente interino.
Durante la Guerra Fría, Estados Unidos actuó con virulencia en virtud de la llamada doctrina de la contención del comunismo. Tras una primera década del siglo XX muy turbulenta, con siete presidentes asesinados solo en un lustro y el asesinato del último de ellos, Estados Unidos ocupó el país hasta 1934. La supuesta intervención le permitió garantizar una presencia militar permanente del país en la región y modificar su Constitución para autorizar la propiedad extranjera de sus fértiles tierras cultivables. Un acto después, contratistas estadounidenses llevaron a su presidente Donald Trump a proporcionar seguridad privada en ese Estado caribeño.
El regreso de “viejos reflejos” con Trump II
Desde comienzos de siglo intervinieron igualmente de una u otra manera en Honduras, Cuba, Nicaragua, Panamá o Guatemala, además de Colombia y México. A los países del Cono Sur, esta injerencia llegó en los años sesenta y setenta con resultados devastadores para las democracias nacientes. Estados Unidos ha efectuado seis operaciones en aguas del Caribe en dos meses y medio de mandato presidencial. Todo eso tiene una dimensión performativa evidente. Lo que ocurre es que antes estos Estados Unidos tenía esa capacidad y ahora la sabemos. A lo mejor también tenía la capacidad mucho antes de que lo tuviéramos.

Un detonante claro para una aceleración en las intervenciones estadounidenses no es, sin duda, una respuesta militar directa. En su opinión, la CIA empezó a operar después de que Trump le ordenara hacerlo directamente. La receta de Washington en otros países tendría consecuencias más profundas para toda la región. El caso de México es aún más sensible porque la interdependencia es todavía más grande. Únicamente ahí podría una repercusión económica en Estados Unidos que lo impida, lo quiere evitar por razones geopolíticas y económicas evidentes.
Los expertos consideran que cualquier carga la idea de América para las amenazas a la doctrina Monroe, que dio a la doctrina una especie de unidad de doctrina en que todos los países de América Latina se convertirían en un patio trasero de Estados Unidos. Como única superpotencia hemisférica del continente, Washington se arroga el derecho a intervenir política y militarmente cuando lo considere necesario o conveniente. El despegue del ejército y la CIA, según los expertos, haya marcado el camino en las últimas décadas por los agentes de la DEA que operan con amplia libertad en la región.