El enoturismo en Chile atraviesa una etapa de consolidación acelerada. Las viñas no solo exportan vinos premiados internacionalmente, sino que también ofrecen experiencias culturales, gastronómicas y paisajísticas que atraen a miles de visitantes nacionales y extranjeros. La cifra habla por sí sola: el número de viñas abiertas al público ha pasado de 94 en 2016 a 219 en 2024, lo que representa un crecimiento de más del 130% en menos de una década.
Este fenómeno se traduce en una expansión a «doble dígito» anual, un ritmo de crecimiento inusual en sectores tradicionales. Solo entre 2023 y 2024, el aumento fue del 9,5%. La tendencia no muestra signos de desaceleración. Según Enoturismo Chile, iniciativa que articula al sector vitivinícola y al gobierno, el perfil del visitante también ha cambiado: ya no se trata solo del turista internacional curioso por la cepa Carmenère o los valles de Casablanca y Colchagua, sino también de familias chilenas que buscan experiencias locales de calidad.
El auge del enoturismo reconfigura también la geografía de la oferta. Viñas en regiones históricamente rezagadas como Itata, Limarí o Malleco se incorporan a la ruta del vino con propuestas sostenibles, de bajo impacto ambiental y con identidad territorial. El vino ya no es solo producto de exportación, sino un relato que mezcla saberes ancestrales, innovación y economía creativa.
Desde el punto de vista económico, el impacto es significativo. El sector genera empleos directos e indirectos en hotelería, gastronomía, transporte y servicios culturales. Algunos expertos sugieren que el enoturismo podría convertirse en uno de los pilares de la reactivación postpandemia en zonas rurales.
Sin embargo, el crecimiento también plantea desafíos. La regulación urbanística, la gestión de residuos y el equilibrio entre explotación comercial y conservación patrimonial son algunos de los temas que hoy discuten actores del sector. Hay consenso en que el modelo debe evitar el turismo depredador y apostar por un desarrollo sostenible.
En pleno siglo XXI, Chile redescubre su potencial vitivinícola no solo en las copas, sino en la experiencia integral que ofrecen sus valles. La ruta del vino, hoy más que nunca, se consolida como una puerta abierta al paisaje, la historia y la hospitalidad del país. Y si bien el vino se exporta en botellas, su magia se saborea mejor entre parras, toneles y relatos compartidos.