Venezuela, un año después: petróleo, poder y pragmatismo internacional

27 juillet 2025 - 12:02

Hace un año, la elección presidencial venezolana de 2024 ratificó, sin sorpresas, el dominio político de Nicolás Maduro. Lo que fue calificado como una victoria forjada, sin garantías democráticas plenas, selló también la fragmentación de la oposición y reveló el desplazamiento del foco internacional.

En los meses posteriores a la jornada electoral, el mapa político venezolano se ha reorganizado en torno a una certeza incómoda: las opciones de alternancia real se han desvanecido. Los principales rostros opositores —María Corina Machado en la clandestinidad, Edmundo González exiliado en Madrid— son ahora figuras simbólicas de un proyecto debilitado. Las detenciones, el exilio forzado y la censura sobre voces críticas han estrechado aún más el margen para la disidencia pública.

En este nuevo escenario, la estrategia del oficialismo ha sido clara: presentar señales de estabilidad económica, contener la presión social mediante represión selectiva y, sobre todo, reconfigurar las alianzas externas. Una muestra elocuente de este último movimiento ha sido la reactivación del vínculo comercial con Estados Unidos a través de Chevron, cuyo retorno a la exportación de petróleo venezolano representa mucho más que un giro energético: marca un punto de inflexión geopolítico.

En contraste con la línea mantenida durante la administración Biden, la nueva postura de Donald Trump se explica por razones estratégicas. La competencia con China y Rusia en América del Sur ha desplazado la prioridad de los derechos humanos a un segundo plano. Caracas, una vez considerada “zona de sanciones”, vuelve a ser tratada como un nodo energético valioso. Este pragmatismo no disimula su costo simbólico: erosiona la narrativa de defensa democrática que, durante años, sirvió como justificación de la presión internacional.

El resultado inmediato es la revitalización del régimen. Los flujos financieros derivados del petróleo permiten al gobierno sostener su aparato institucional, reforzar redes de lealtad y extender su margen de maniobra diplomática. La reciente liberación de prisioneros estadounidenses, negociada bilateralmente, confirma que las reglas del juego se dictan desde el cálculo, no desde principios. La gobernabilidad se logra más por inercia geopolítica que por legitimidad interna.

Pero el cuadro va más allá del equilibrio táctico. La percepción internacional sobre Venezuela está mutando: de problema regional a asunto “gestionable”. Este desplazamiento tiene implicaciones profundas para las fuerzas democráticas, que ya no cuentan con un andamiaje sólido de respaldo. Si bien persisten actores comprometidos, la falta de presión sostenida y de incentivos creíbles para una transición política reduce las posibilidades de cambio a corto plazo.

En el plano interno, el oficialismo ha conseguido imponer una narrativa de normalización. Las cifras de crecimiento económico, aunque cuestionadas por analistas independientes, son repetidas con eficacia desde los canales oficiales. A la par, la fragmentación opositora impide articular un discurso coherente que dispute esa versión de los hechos. El resultado es un país políticamente inmóvil, donde el control del relato es casi tan determinante como el control del aparato del Estado.

Un año después, el balance no deja lugar a eufemismos. Venezuela vive una fase de consolidación autoritaria con reconocimiento implícito del entorno internacional. Las promesas de una “transición ordenada” han cedido ante el realismo diplomático. La disputa se traslada del escenario visible de las urnas y los foros multilaterales al terreno opaco de las concesiones energéticas, los pactos silenciosos y las prioridades estratégicas de las potencias.

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