Uribe libre mientras apela: entre justicia y polarización

20 août 2025 - 07:38

Un tribunal colombiano ordenó este martes la libertad inmediata del expresidente Álvaro Uribe Vélez, mientras se resuelve su apelación a la condena de 12 años impuesta por delitos de soborno y fraude procesal. Esa decisión, que suspende su arresto domiciliario en Rionegro mientras el recurso sigue, no zanja nada: solo introduce una nueva fractura simbólica en un país cada vez más dividido.

La jueza Sandra Heredia lo había condenado en primera instancia por intentar manipular testigos paramilitares que lo vinculaban con escuadrones de ultraderecha. El fallo del Tribunal Superior de Bogotá revocó esa decisión al considerar que los argumentos de detención eran “vagos, indeterminados e imprecisos” y, sobre todo, que no existía riesgo alguno de fuga o peligro para la sociedad.

Para el exmandatario este fallo fue una victoria: agradeció en redes sociales el gesto y afirmó que cada minuto de su libertad estará dedicado “a la libertad de Colombia”. Entretanto, voces contrarias, como la del senador Iván Cepeda, advirtieron que la medida podría debilitar la independencia judicial ante el peso político de Uribe.

En contraste, el presidente Gustavo Petro reaccionó visiblemente incómodo: “¿Eso es justicia?”, cuestionó públicamente, reforzando la percepción de que Uribe sigue siendo un actor central, incluso desde la defensa legal. Es imposible separar lo judicial de lo político: las elecciones de 2026 están a la vuelta de la esquina, y el Centro Democrático —su fuerza política— continúa siendo una potencia electoral que moviliza respaldo.

Este fallo marca un hito: es la primera vez en la historia colombiana que un expresidente es sentenciado penalmente y luego recupera la libertad mientras apela. El fallo trasciende lo jurídico y exhibe la tensión constante entre poder político, justicia y opinión pública.

La decisión del tribunal también pone de manifiesto la fragilidad del sistema judicial frente al impacto político. Colombia ha sido testigo de un proceso lento y cargado de simbolismo, que contrasta con otras democracias donde exlíderes han sido comparativamente sometidos a mayor rendición de cuentas.

En este momento, Uribe queda libre en lo físico, pero no confinado en lo político ni simbólico. Su figura sigue presente en el tablero nacional, alimentando debates sobre impunidad, legado autoritario y el equilibrio entre poder y Estado de Derecho.

El fallo colombiano es un espejo de una democracia dividida que necesita con urgencia fortalecer su independencia judicial. De lo contrario, seguirá atrapada en ciclos de polarización, donde la legitimidad se disputa en los tribunales y los medios, sin que la justicia esté clara, ni la política conciliadora.

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