“Si Evo no está, mi voto es nulo”: Bolivia en el espejo de su propio laberinto

06 août 2025 - 17:35

El movimiento cocalero ha convertido la exclusión de Evo Morales en bandera para una protesta simbólica: el voto nulo. A poco más de una semana de las presidenciales del 17 de agosto, la polarización boliviana se aferra al pasado y bloquea el futuro.

La Paz vuelve a ser epicentro de un pulso que Bolivia no logra resolver desde hace más de una década: ¿qué lugar ocupa Evo Morales en la política del país? Para sus seguidores, sigue siendo el líder legítimo. Para el Tribunal Constitucional, es un expresidente impedido de postular por reelección indefinida. En ese limbo político y emocional, miles de ciudadanos promueven ahora el voto nulo como protesta ante su exclusión electoral.

Evaliz Morales, hija del exmandatario, encabeza la campaña desde el centro de La Paz. Con decenas de oficinas abiertas en todo el país, el mensaje es directo: si Evo no está en la papeleta, entonces el voto se invalida. Más que una consigna sin efectos legales —los votos nulos quedan fuera del reparto de escaños—, se trata de un gesto de desobediencia política que intensifica una elección ya cargada de judicialización y desconfianza.

El expresidente, refugiado en el Chapare y con una orden judicial de captura en su contra, ha respaldado públicamente la estrategia. “Si Evo no está en la papeleta, mi voto es nulo”, repite con insistencia. La frase ha hecho eco en redes y movilizaciones, a pesar de que, en junio, las protestas con el lema “sin Evo no hay elecciones” terminaron con al menos ocho muertos. La memoria de esos episodios está fresca y el miedo a nuevos estallidos no es del todo infundado.

El problema de fondo es que Bolivia sigue atrapada en un circuito cerrado de liderazgos personalistas, institucionalidad frágil y polarización crónica. La exclusión de Morales, por muy justificada que sea desde el punto de vista constitucional, ha generado una reacción emocional que desborda lo jurídico. Pero también deja en evidencia la incapacidad del MAS (Movimiento al Socialismo) para construir una alternativa creíble y cohesionada más allá de su fundador.

Este proceso electoral pone sobre la mesa algo más que candidaturas: la propia arquitectura democrática del país. El voto nulo puede ser una válvula de escape, pero no resuelve el conflicto. Más bien, lo posterga y lo amplifica. Y mientras el país mira hacia las urnas, buena parte del electorado sigue mirando al pasado, sin respuestas claras ni liderazgos nuevos que devuelvan confianza en el sistema.

Aquí se desnuda la incoherencia central del proceso: la democracia boliviana se esfuerza por avanzar, pero sus actores políticos más influyentes siguen atrapados en las mismas lógicas que la llevaron al colapso en 2019. En ese escenario, el voto nulo deja de ser solo una protesta y se convierte en un síntoma de una crisis más profunda: la dificultad de pasar la página sin quemarla.

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