El gobierno dice haber acabado con los líderes criminales y promete mantener el régimen de excepción. Pero las cifras y los derechos humanos esperan respuestas.
El gobierno de Nayib Bukele asegura haber desmantelado por completo la cúpula de las pandillas que dominaron El Salvador durante décadas. Según el ministro de Seguridad, Gustavo Villatoro, el país “ha destruido el mando” de estas estructuras criminales, responsables de miles de muertes y del control territorial ejercido mediante extorsión, sicariato y narcotráfico. Aun así, el régimen de excepción que sustenta la ofensiva no tiene fecha de cierre.
Desde marzo de 2022, la medida ha permitido más de 89 000 detenciones. El gobierno exhibe resultados: homicidios en caída histórica y una tasa de violencia que, de confirmarse las proyecciones oficiales, podría ubicarse entre 1 y 1,3 por cada 100 000 habitantes al final de 2025. Una cifra que convertiría a El Salvador en el país más seguro del continente.
El contraste está en el costo institucional. Organizaciones de derechos humanos denuncian detenciones arbitrarias, muertes en prisión y procesos judiciales precarios. Más de 8 000 personas han sido liberadas tras comprobarse su inocencia, aunque otras miles continúan encarceladas en un sistema saturado. El país tiene hoy la tasa de encarcelamiento más alta del mundo, y la suspensión prolongada de garantías plantea un dilema sobre la calidad de su democracia.
La paradoja salvadoreña interpela a toda la región. Bukele se proyecta como referente de una “mano dura” que promete seguridad inmediata en sociedades agobiadas por la violencia. Sus logros son visibles en las calles, pero el precio en términos de libertades y de independencia judicial también lo es.
El desafío será demostrar que la seguridad puede sostenerse sin un estado de excepción indefinido. Si el mando criminal ha sido realmente destruido, el próximo paso debería ser reconstruir un orden donde la justicia no dependa de la excepcionalidad. En ese equilibrio, se juega la legitimidad de un modelo que, de momento, fascina a sus vecinos y preocupa a los demócratas.