Santa Rosa no flota sola: la disputa amazónica entre Perú y Colombia revive viejos mapas

08 août 2025 - 09:13

Desde Leticia, Gustavo Petro niega la soberanía peruana sobre una isla en el río Amazonas y enciende una controversia que Lima considera superada desde hace un siglo. En la triple frontera, la hidrología, el nacionalismo y la historia cartográfica se entrelazan en una disputa que reabre preguntas sobre la estabilidad regional y la fragilidad del derecho internacional fluvial.

La geografía tiene memoria, pero también caprichos. En las aguas lentas y movedizas del Amazonas, donde los mapas envejecen con rapidez, la política reaparece para recordar que las fronteras fluviales no siempre son líneas, sino pulsos. Esta semana, el presidente colombiano Gustavo Petro sorprendió al desconocer la soberanía peruana sobre la isla Santa Rosa, ubicada en la confluencia entre Colombia, Perú y Brasil. Lo hizo desde Leticia, epicentro simbólico de las tensiones amazónicas, mientras trasladaba hasta allí los festejos por el aniversario patrio de su país. Se trató de una declaración política con resonancia regional, cargada de intención.

Para Petro, la isla Santa Rosa —que Perú considera parte integral de su territorio desde hace décadas— no fue asignada por el tratado de 1922 ni por la delimitación de 1929, dado que su surgimiento sería posterior y producto de la evolución natural del río. El mandatario afirma su rechazo a la jurisdicción peruana sobre el islote y cuestiona la legitimidad de las autoridades locales, a quienes acusa de haber sido “impuestas de facto”.

Desde Lima, la reacción fue inmediata y sin matices. La presidenta Dina Boluarte, de gira en Japón, rechazó de plano las afirmaciones colombianas, reafirmando que «nuestra isla Chinería está dentro de nuestra soberanía nacional» y que no hay ningún diferendo pendiente con Colombia. Eduardo Arana, presidente del Consejo de Ministros, se trasladó simbólicamente a la isla en disputa y leyó allí una declaración institucional que refleja el consenso político en el Perú: Santa Rosa no está en discusión.

Pero detrás de la diplomacia de declaraciones se esconde un viejo dilema amazónico: la naturaleza mutable del río y la ambigüedad de los tratados fluviales. El pacto Salomón-Lozano de 1922 estableció que la frontera debía seguir el «talweg», es decir, la línea del canal más profundo del río. Sin embargo, el curso del Amazonas ha variado en las últimas décadas, generando nuevas formaciones insulares y modificando de facto la geografía sobre la que se asienta la delimitación.

En este contexto, Perú defiende que Santa Rosa es una prolongación de la histórica isla Chinería, bajo su control desde siempre. Colombia, en cambio, teme perder el acceso fluvial estratégico de Leticia si no se revisa la actual distribución. El eventual desplazamiento del cauce hacia el sur genera inquietud: Colombia podría ver comprometida su conexión directa con el Amazonas, con consecuencias que van desde la logística hasta el imaginario geopolítico.

¿Estamos ante una escalada diplomática o un simple forcejeo de narrativa? Petro ha propuesto una reunión técnica binacional para septiembre en Lima, lo cual ofrece una vía institucional para descomprimir. Pero también ha puesto sobre la mesa un principio inquietante: que los acuerdos territoriales deben revisarse en función de las transformaciones naturales. ¿Y si la hidrología dicta soberanía?

América Latina ha conocido expresiones de nacionalismo fluvial, pero el tono actual marca una inflexión poco habitual por su contundencia. En un momento de debilidad institucional para ambos gobiernos, este cruce de afirmaciones soberanas puede adquirir tintes de reafirmación interna. Mientras tanto, los cerca de 3.000 habitantes de Santa Rosa siguen pescando, comerciando y votando como peruanos, sin que su identidad esté en entredicho. Son ellos los que ofrecen la perspectiva más sensata: «hacemos patriotismo peruano, pero queremos la solidaridad entre las tres fronteras».

El desafío ahora es contener la disputa en los cauces diplomáticos, sin que el Amazonas —ese río sin dueño— se convierta en pretexto para alimentar antagonismos. Las fronteras fluviales deberían invitar a la cooperación, no a la confrontación. La historia ya ha mostrado que en esta región, cuando los mapas se disputan con banderas, todos pierden algo.

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