La visita de Dina Boluarte a la isla de Santa Rosa, en el corazón del Amazonas, coloca en primer plano una disputa limítrofe que combina soberanía, identidad y diplomacia. Entre plumas ceremoniales y discursos patrióticos, la presidenta peruana envió un mensaje directo a Gustavo Petro: el territorio no está en negociación.
En el tablero geopolítico sudamericano, las disputas territoriales rara vez se congelan del todo. Basta un gesto, una declaración o un acto simbólico para que las aguas —en este caso, literalmente— vuelvan a agitarse. La isla de Santa Rosa, en la triple frontera amazónica, se ha convertido en el epicentro de un diferendo entre Perú y Colombia que mezcla historia, derecho internacional y pulsos políticos contemporáneos.
La presidenta Dina Boluarte eligió un escenario cargado de simbolismo para reafirmar su posición: la plaza central de un poblado de menos de 3.000 habitantes, donde el rojo y blanco de las banderas peruanas cubría fachadas y balcones. Allí proclamó que Santa Rosa es “tan peruana como la papa y Machu Picchu”, frase diseñada para resonar tanto en las comunidades locales como en la audiencia nacional. El gesto llega en un momento en que la relación con Gustavo Petro atraviesa uno de sus tramos más ásperos.
La raíz de esta tensión está en la geografía móvil del Amazonas. El cauce del río, al cambiar con las crecidas y descensos, origina nuevas formaciones insulares que, a falta de definición en los tratados vigentes, se convierten en territorio en disputa. El Tratado Salomón-Lozano de 1922 y el Protocolo de Río de Janeiro de 1934 establecieron la frontera actual, pero para Lima, Santa Rosa es una prolongación natural de la isla Chinería —territorio peruano—, mientras que Bogotá sostiene que la isla surgió después de esos acuerdos y carece de asignación oficial.
En julio de 2024, un funcionario colombiano calificó de “ocupación irregular” la presencia peruana en Santa Rosa, lo que llevó a una nota de protesta de Lima. Desde entonces, la fricción ha escalado: creación oficial del distrito de Santa Rosa por parte de Perú, protestas formales de Colombia, y detención reciente de dos topógrafos colombianos, acusados por la fiscalía peruana de atentar contra la soberanía nacional. Petro respondió con palabras duras, hablando de “secuestro” e “ilegalidad”, lo que elevó la temperatura diplomática.
La visita de Boluarte fue escrupulosamente escenificada. Llegó en helicóptero, recibió un penacho con plumas azules y rojas de manos de la autoridad local, y se presentó flanqueada por altos mandos militares.El gesto habló por sí solo: la defensa de la soberanía se sustenta en la presencia física, en la visibilidad del Estado y en el respaldo armado. En paralelo, la mandataria subrayó la voluntad de diálogo, con la mirada puesta en la reunión técnica binacional prevista para septiembre en Lima.
En el fondo, la disputa por Santa Rosa es también un espejo de los retos fronterizos amazónicos: líneas divisorias poco claras, comunidades transfronterizas con lazos familiares y comerciales, y un entorno natural donde la geografía rehace constantemente el mapa político. A esto se suman factores estratégicos: control de rutas fluviales, vigilancia contra el narcotráfico y gestión de recursos naturales.
El manejo de este caso pondrá a prueba la diplomacia de ambos países. La historia reciente de la región ofrece ejemplos de acuerdos exitosos —como el pacto de límites marítimos entre Perú y Ecuador— y de tensiones prolongadas que terminan en arbitrajes internacionales. En un contexto global donde las fronteras amazónicas adquieren valor geoestratégico, la prudencia y el cálculo político serán tan importantes como la firmeza.
En la isla de Santa Rosa convergen la pertenencia, el orgullo nacional y la proyección del Estado. El desafío será evitar que ese símbolo se convierta en un pretexto para prolongar un desencuentro que, en la práctica, afecta la vida cotidiana de poblaciones que dependen de la cooperación más que del conflicto. En esa frontera de agua y selva, la política debería fluir como el río: con fuerza, pero sin romper sus márgenes.