Indígenas de Michoacán y científicos se han unido en un proyecto sin precedentes para rescatar al achoque, un anfibio endémico considerado un elixir por sus legendarias propiedades regenerativas. La colaboración busca resguardar esta especie en grave peligro y al mismo tiempo revitalizar el conocimiento ancestral.
En el corazón de Michoacán, la lucha por preservar el achoque —una salamandra emparentada con el ajolote que ha sido celebrada como elixir natural por sus supuestas propiedades regenerativas— ha marcado un hito: indígenas de San Jerónimo Purenchécuaro y científicos de la Universidad Michoacana trabajan codo a codo para asegurar la supervivencia del anfibio. Una alianza que rompe esquemas entre conocimiento ancestral y ciencia moderna.
Desde hace décadas, Froylán Correa, pescador centenario del lago de Pátzcuaro, conoce las aguas y las leyendas que envuelven al achoque: un ser con branquias como melena, capaz de regenerar órganos. Esta misma tradición lo ha elevado a símbolo nutricional y medicinal para su comunidad. Sin embargo, la sobrepesca, la contaminación y la extracción de agua han llevado a la especie al borde de la extinción, catalogada como “críticamente amenazada” por la UICN.
Hoy, Correa y otros recolectores de huevos suman fuerzas con biólogos cuya investigación en laboratorio busca eclosionar y criar las crías en condiciones controladas. Luego, son devueltas cuidadosamente a “campamentos de cría” locales, una medida esencial para evitar que el proyecto se convierta en una moda pasajera. Israel Correa, sobrino del pescador, explica que el cultivo permanente es clave: “No podemos dejar un día sin venir… tenemos que estar aquí”, narra.
Pero esta colaboración va más allá de la cría: integra el saber curativo indígena y prácticas rituales como parte de un protocolo ético que reconoce al achoque como patrimonio biocultural, no solo como objeto de estudio o alimento. Profesionales y curanderos documentan las aplicaciones medicinales y establecen límites sostenibles para evitar la sobreexplotación.
El resultado hasta ahora es alentador: entre 80 y 100 individuos han sido estabilizados en una pequeña zona del lago —muy lejos del número que existía hace 40 años, pero suficiente para generar esperanza.
El esfuerzo ilustra un modelo replicable en otros rincones de América Latina, donde la convergencia entre comunidades originarias y ciencia puede frenar la pérdida de especies emblemáticas. El achoque, por su capacidad regenerativa, no solo apasiona a la ciencia; encarna un puente entre la cultura y la investigación, entre el pasado y el futuro.
El reto ahora es asegurar financiamiento sostenido y entornos adecuados para la liberación de estos anfibios, así como políticas públicas que incluyan esta visión integral. Porque salvar al achoque no es solo preservar una especie: es mantener vivas las raíces de un pueblo y poner en valor su saber ancestral.