Mientras la tensión diplomática escala por la soberanía de la isla Santa Rosa, un grupo de chamanes peruanos convocó ceremonias en Lima para invocar armonía entre ambas naciones. En lo alto del cerro San Cristóbal, su mensaje resonó más allá de la política.
En un contexto marcado por declaraciones cruzadas y gestos oficiales, la escena que se vivió en Lima ofreció un contraste radical. Una docena de chamanes provenientes de diversas regiones del país se reunió en el cerro San Cristóbal, considerado sagrado dentro de la cosmovisión andina, para realizar rituales de ofrenda y pedir paz entre Perú y Colombia. Portando hojas de coca, flores, inciensos y fuego ceremonial, elevaron plegarias a la Pachamama con la esperanza de que el diálogo prevalezca sobre la confrontación.
El gesto se produce tras el reclamo del presidente colombiano, Gustavo Petro, sobre la isla Chinería, que incluye la población fronteriza de Santa Rosa, reconocida por el Perú como parte de su territorio. La postura de Bogotá encendió una controversia que rápidamente se trasladó a la esfera diplomática. Desde Lima, las autoridades han defendido que Santa Rosa es peruana según registros históricos y documentos técnicos avalados por la propia Colombia en años previos.
Más allá de la cartografía y los tratados, el acto de los chamanes introdujo otro lenguaje: el de la reconciliación simbólica. Según explicaron, la ceremonia no busca sustituir las negociaciones oficiales, sino reforzar la voluntad de paz desde la cultura ancestral, que entiende la convivencia como un equilibrio entre pueblos y naturaleza.
En el plano político, la disputa territorial ha reactivado debates sobre la aplicación de tratados limítrofes y la necesidad de mecanismos de resolución pacífica. La Comisión Mixta Peruano-Colombiana (COMPERIF) se perfila como un espacio clave para canalizar la controversia, aunque los tiempos y la disposición de ambas partes siguen en observación.
Mientras los discursos gubernamentales se mueven entre la firmeza y la prudencia, las imágenes de los chamanes en lo alto del cerro, agitando banderas blancas y quemando ofrendas, circularon por medios y redes sociales como un recordatorio de que la paz también se construye fuera de las cancillerías. El mensaje implícito es que las fronteras físicas no deberían imponerse sobre los lazos culturales e históricos que unen a las comunidades amazónicas de ambos lados.
En medio de tensiones que amenazan con enconarse, la voz de las tradiciones ofrece un respiro. Los rituales de Lima no resuelven mapas ni borran diferencias diplomáticas, pero aportan un recordatorio esencial: la paz requiere voluntad política, pero también gestos humanos capaces de abrir caminos que los tratados, por sí solos, rara vez logran trazar.