Las figuras de bronce de Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara fueron retiradas por autoridades de la alcaldía Cuauhtémoc, que alegaron su colocación irregular. La medida generó reacciones políticas y diplomáticas, y avivó la disputa sobre qué símbolos deben ocupar el espacio público en México.
Las estatuas no pesan solo por el material: pesan por lo que representan. Esta semana, dos figuras de bronce —una de Fidel Castro y otra de Ernesto “Che” Guevara— fueron retiradas de un parque del barrio Tabacalera, en pleno centro de Ciudad de México. Oficialmente, porque habían sido instaladas en 2018 “sin autorización formal”. Extraoficialmente, porque su carga simbólica se volvió demasiado incómoda para el nuevo gobierno local.
El llamado «Monumento Encuentro» mostraba al expresidente cubano y al guerrillero argentino sentados juntos en una banca pública. Su presencia, discreta pero cargada de historia, había sido promovida durante la administración de la alcaldía Cuauhtémoc por el partido Morena, entonces en el poder. Hoy, bajo una coalición opositora de centroderecha, el nuevo gobierno local ha ordenado su remoción y resguardo, a la espera de decidir su “destino final”.
La presidenta Claudia Sheinbaum no tardó en reaccionar: pidió diálogo y propuso que las esculturas sean reubicadas en otro espacio público. “Es un monumento histórico, más allá de estar de acuerdo o no con uno u otro personaje”, declaró. Su tono buscó el equilibrio, pero evidenció la tensión entre política, memoria y gestión cultural.
En el trasfondo late un conflicto más profundo: la disputa por los símbolos. ¿Quién decide qué historia se recuerda en el espacio público? En 2020, la propia Sheinbaum ordenó retirar la estatua de Cristóbal Colón del Paseo de la Reforma, sustituyéndola por la figura de una mujer indígena. En ese mismo lugar, colectivos feministas instauraron la “Glorieta de las Mujeres que Luchan”, resignificando el espacio como punto de denuncia frente a la violencia machista.
El retiro de Castro y el Che no es solo una decisión administrativa: es una señal política. Aunque la alcaldía lo enmarque en razones técnicas, resulta difícil no leer el gesto como parte de una narrativa de distanciamiento con la iconografía revolucionaria latinoamericana, cada vez más contestada en el México urbano contemporáneo.
El embajador cubano en México, Marcos Rodríguez, se limitó a escribir en redes: “La verdadera Revolución no es de piedra ni bronce”. Una frase que suena tanto a desdén como a resignación.
Mientras tanto, las esculturas esperan su “destino final” en algún depósito del gobierno capitalino. Su historia —como tantas otras en América Latina— oscila entre la memoria oficial, la apropiación ciudadana y la batalla silenciosa por el relato del pasado. Porque, al fin y al cabo, cada estatua retirada es también una pregunta abierta: ¿qué queremos recordar… y qué preferimos olvidar?