Relación fría: EE.UU. normaliza con Colombia, pero advierte falta de confianza

10 juillet 2025 - 11:49

La foto de esta semana resume la relación actual entre Bogotá y Washington: un embajador que regresa con un discurso de preocupación y otro que pide disculpas para evitar un incendio diplomático. Estados Unidos devolvió ayer a su encargado de negocios, John McNamara, tras retirarlo por las insinuaciones de Gustavo Petro sobre un supuesto golpe de Estado dirigido por Marco Rubio, actual secretario de Estado de Trump. La crisis parecía resuelta, pero el tono de Washington deja claro que las heridas siguen abiertas.

McNamara aterrizó en Medellín con un mensaje frío. Habló de “preocupaciones persistentes” por la retórica y las decisiones de alto nivel en el Gobierno colombiano. Y advirtió, en un lenguaje casi contable, que la relación solo se mantendrá si Colombia demuestra ser un “socio fuerte y colaborativo”. La diplomacia estadounidense, pragmática como siempre, traduce así el enojo: si no hay alineamiento, hay costos.

La génesis del conflicto es conocida. Petro, en su estilo de micrófono sin filtro, sugirió en junio que Rubio planeaba un golpe en su contra, citando a Maduro como fuente. Washington calló unas semanas, evaluó daños y retiró a su embajador interino, enviando un mensaje claro: no se toleran acusaciones sin prueba, menos en plena campaña de Trump y con Colombia siendo clave en la agenda migratoria y de seguridad.

Para desactivar la crisis, el embajador colombiano en EE.UU. volvió con la retractación formal de Petro, aclarando que Rubio no está detrás de conspiración alguna. Lo hizo con gesto serio y recordando, de paso, que ambos países tienen más de un tema pendiente: reglas automotrices vistas como barreras por Washington, migración, narcotráfico y las siempre sensibles extradiciones.

En Washington, sin embargo, la lectura es distinta. Kristi Noem, secretaria de Seguridad Nacional, reveló que la agenda real va más allá del desliz verbal de Petro. Estados Unidos busca acuerdos en materia de seguridad y comercio, y no tolerará obstáculos. La diplomacia de Trump, ya probada en México y Centroamérica, funciona con un método: presión, amenaza y, finalmente, negociación bajo sus condiciones.

La historia reciente demuestra que Colombia cede cuando la Casa Blanca sube el tono. Así ocurrió en enero, cuando Petro bloqueó el aterrizaje de vuelos con deportados esposados. Trump amenazó con aranceles y Bogotá rectificó, permitiendo retornos, ahora sin esposas, en vuelos costeados por el propio Estado colombiano.

El regreso de McNamara no significa normalidad plena. Es apenas un alto en la tormenta. La Casa Blanca quiere resultados rápidos en seguridad, migración y comercio. Petro, mientras tanto, busca equilibrar su narrativa de soberanía con la realidad de un socio imprescindible. Porque la diplomacia, como los mercados, siempre cobra su factura.

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