En un escenario marcado por el auge de las pandillas —que controlan hasta el 90 % de la capital haitiana— el presidente colombiano Gustavo Petro aterriza por segunda vez este año en Haití. La apertura de una embajada en Puerto Príncipe y su promesa de entrenar policías locales confirman una estrategia diplomática en plena emergencia social y una apuesta por ampliar la cooperación regional.
La violencia pandillera ha provocado más de 4.800 homicidios y desplazado a 1,3 millones de personas desde octubre de 2024. En este momento, la misión multinacional liderada por Kenia, con respaldo de la ONU, lucha en el terreno pero aún no ha restaurado la seguridad. En este contexto, la iniciativa colombiana contribuye a construir un nuevo frente estratégico con foco en formación policial, diplomacia y desarrollo institucional.
Petro no solo reafirma la vocación solidaria de Bogotá hacia Haití, sino que pone en marcha una red de alianzas regionales. El memorando de seguridad firmado en enero y las visitas a compañías de defensa colombianas muestran que esta relación busca trascender las declaraciones diplomáticas: implica transferencia de capacidad operativa.
No obstante, el viaje de Petro no está exento de sombras. En Haití hay 17 exmilitares colombianos acusados en la investigación por el asesinato del expresidente Jovenel Moïse, lo que genera cierta resistencia local y es motivo de protestas, incluso durante la inauguración de la embajada. Esa tensión subraya que la cooperación en seguridad se inicia sobre un suelo frágil, en el que el recuerdo del intervencionismo pesado persiste.
Desde una perspectiva más estratégica, la presencia activa de Colombia en Haití se inserta en una narrativa regional: la defensa conjunta contra el crimen transfronterizo, el narcotráfico y la fragilidad estatal. En un momento en que EE.UU. retrasa cooperación militar en la región —como lo demostró la congelación temporal de recursos a Haití y Centroamérica—, Bogotá emerge como un aliado con voluntad de acción.
Petro lanza un mensaje claro: América Latina no puede limitarse a interpelar al Norte. Si las democracias están en riesgo en Haití, Colombia propone colocar la piedra fundacional de una arquitectura de seguridad solidaria desde el Sur. Pero un proyecto con músculo, sí, pero también cargado de desafíos: consolidar fuerzas del orden, evitar tensiones domésticas latentes y entender que la paz en Haití no se logra solo entrenando policías, sino construyendo ciudadanía.