La semana inicia en Colombia con eventos de gran magnitud que incidirán en el futuro cercano de ese país cuando está ad portas de iniciar el proceso electoral que culminará el próximo año con la elección de un nuevo presidente y la renovación del Congreso de la República.
Primero, es un día aciago e infausto para Colombia por todo lo que hay alrededor del desenlace de Miguel Uribe. Como se indicó en este medio, en las primeras horas del día, el trágico desenlace del senador y precandidato conservador Miguel Uribe, víctima de un atentado durante un acto de campaña, dos meses atrás, “reabre la herida política más profunda de Colombia y su futuro político inmediato dependerá de cómo responda el Estado a esta muerte”.
Hace unos días, el presidente Petro decía, paradójicamente, que no puede haber paz sin justicia, tras conocerse el fallo judicial sobre el expresidente Uribe. Dicha sentencia, no obstante, no parece operativa para Petro si se tiene en consideración que ha sido el mismo presidente quien ha hecho excesivas concesiones a los grupos ilegales, a propósito de su fallida bandera de “paz total”, que ha degenerado en el repunte de la violencia en diferentes regiones del país.
Por otra parte, el gobierno de Colombia abre dos frentes de enorme complejidad: se aboca a iniciar un conflicto diplomático con Perú, por asuntos fronterizos y territoriales, mientras le enseña los dientes a Estados Unidos para ir en defensa del dictador venezolano Nicolás Maduro. Pero, paradójicamente, el gobierno colombiano parece haber abdicado en su primera función: garantizar la vida y la seguridad de sus ciudadanos, incluidos los políticos.
Un evento adicional tiene que ver con el regreso a Colombia de la primera dama, Verónica Alcocer, muy cuestionada en los primeros años de gestión presidencial por el excesivo gasto público destinado a sus frivolidades, lujos y excentricidades. Ahora, tras una estancia prolongada en Europa que ha culminado con un curso de inglés, durante el verano en Escocia, Alcocer regresará para retomar sus actividades.
El curso de inglés de la primera dama, su estancia prolongada en Europa y el hecho de que los hijos de la pareja presidencial vivan y estudien en Europa, choca con la realidad de los colombianos y con las recientes declaraciones y directrices del presidente de la República.
Hace pocos días, Petro se fue lanza en ristre contra la enseñanza del inglés como segunda lengua y abogó por el aprendizaje de otras lenguas, como los dialectos indígenas que se están perdiendo. La apuesta de Petro, en este punto, ya no solo es discutible sino inaceptable, entre otras razones porque condena a la medianía, mina la movilidad social ascendente y, en el largo plazo, amplía mucho más la brecha social, dificulta el acceso a las oportunidades y profundiza la lucha de clases que tanto agita la izquierda. Quienes aprenden idiomas y reciben una mejor formación están en mejores condiciones de competir por los mejores trabajos en cualquier lugar del mundo.
El prestigioso académico Salomón Kalmanovitz abunda a este respecto señalando que: “la directriz de que los funcionarios diplomáticos no tienen que conocer una segunda lengua debilitará las relaciones del país con el resto del mundo. Habrá que contratar más intérpretes para que apoyen las comunicaciones de los diplomáticos. Hay que tener en cuenta que encerrarnos en el lenguaje natal tiende a hacernos sectarios, nos impide comprender al otro. El aprendizaje de lenguas enseña modestia y abre los horizontes, nos hace apreciar culturas distintas. Refugiarse en el idioma propio impide que nos escuchen y entiendan los que no comparten nuestro origen. Dominar una lengua distinta a la propia ensancha el horizonte, nos introduce en lógicas diversas que nos hacen dudar de la propia y nos obliga a pensar más lento y con mayor precisión”.
Por diferentes razones y temas de interés he conocido y/o entrevistado a diplomáticos de diversas procedencias, gente que trabaja en la diplomacia y en la representación de sus países en diferentes lugares del mundo. No solo hablan dos lenguas, tienen dominio de tres y hasta cuatro idiomas. Esa directriz de Petro, por un lado, parece hecha a medida para beneficiar a los leales, pero limitados, servidores del presidente con cargos diplomáticos y, segundo, solo puede ser producto de la ignorancia y de un pésimo liderazgo ejercido por una persona que quiere dar lecciones y pontificar sobre todo, pero en realidad no comprende cómo funciona el mundo.
El sistema educativo en Colombia ha mostrado su enorme debilidad en la enseñanza de idiomas, prueba de ello es que “solo un 10 % de la población entiende o habla inglés”, explica Kalmanovitz. En la educación superior, no está de más recordarlo, los idiomas y el inglés, especialmente, “solo se enseña de manera eficaz en las instituciones de élite, cuyos estudiantes ya llegan solventes en otros idiomas”.
A Kalmanovitz le asiste razón en todos los argumentos que presenta. Colombia debe apostar a convertirse en un país multilingüe y fomentar el aprendizaje de otras lenguas desde los primeros años de vida de los estudiantes. El país precisa una ciudadanía más y mejor formada y cualificada “más cosmopolita que facilite la comunicación con diversas comunidades del mundo”.