En pleno invierno austral, miles de chilenos salieron a la calle para exigir el fin del bloqueo y denunciar la hambruna que golpea a la Franja de Gaza, recordando que el silencio internacional se convierte en una forma de complicidad.
Las bajas temperaturas no disuadieron a quienes, este sábado, colmaron la principal arteria de Santiago de Chile con lienzos, tambores y “ollas vacías”. La protesta, bautizada con este nombre, buscó visibilizar una de las caras más crueles del asedio sobre Gaza: el hambre como arma de guerra. Entre banderas palestinas y pancartas que acusaban de genocidio al gobierno de Benjamín Netanyahu, el mensaje era claro: la indiferencia es inaceptable.
“Chile no calla frente al hambre”, se leía en uno de los carteles. “Gaza duele, como duele la indiferencia de tantos”, decía otro. La creatividad de las intervenciones artísticas en la marcha convivió con el peso de las cifras: más de 61.000 personas asesinadas por las operaciones militares israelíes y cerca de 200 muertas en los últimos días por hambruna, según datos de organismos internacionales y autoridades palestinas.
La protesta no fue un gesto aislado. Chile ha ido consolidando una posición activa en el escenario internacional respecto a la situación en Gaza. En enero de 2024, junto a México, pidió al fiscal de la Corte Penal Internacional investigar posibles crímenes de guerra en el conflicto entre Israel y Hamás. En septiembre del mismo año, el país se adhirió formalmente a la acusación de genocidio presentada por Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justicia. Esta coherencia política se enmarca también en la historia y composición social chilena: con alrededor de medio millón de personas, la comunidad palestina en Chile es la más numerosa fuera del mundo árabe.
Más allá de la denuncia, la marcha en Santiago conecta con un debate mayor: la efectividad y la voluntad política de los Estados y organismos internacionales para frenar una crisis humanitaria anunciada. Los testimonios que circulan desde Gaza muestran que la escasez de alimentos, agua potable y medicinas no es un efecto colateral, sino una consecuencia directa del bloqueo y la estrategia militar. Las imágenes de niños buscando restos de comida o haciendo fila para recibir harina son, en sí mismas, acusaciones contra un sistema internacional que se paraliza frente al sufrimiento masivo.
La consigna “Tu silencio te hace cómplice” sintetiza el dilema moral que recorre no solo a los gobiernos, sino también a la sociedad civil global. Frente a crímenes que algunos juristas y dirigentes —como el ex primer ministro francés Dominique de Villepin— califican ya de genocidio, la pasividad no es neutral: contribuye a la perpetuación de la violencia.
Chile, que reconoció a Palestina como Estado “libre, independiente y soberano” en 2011, carga con un capital simbólico y diplomático que podría reforzar la presión internacional. No se trata solo de pronunciamientos, sino de impulsar mecanismos concretos para garantizar corredores humanitarios, levantar bloqueos y hacer cumplir el derecho internacional. En ese sentido, la manifestación en Santiago es una expresión de política exterior desde abajo: la ciudadanía reclama a su Estado y a la comunidad internacional que asuman responsabilidades.
El frío, las ollas vacías y las voces coreando en solidaridad con Palestina recordaron que la geografía no limita la empatía ni la acción política. La imagen de miles marchando en un país situado a más de 13.000 kilómetros de Gaza revela que, en tiempos de comunicación global y memoria histórica compartida, la indignación puede cruzar fronteras y encender demandas de justicia en lugares lejanos.
El hambre, como arma, busca quebrar no solo cuerpos, sino voluntades colectivas. La marcha de Santiago es la prueba de que, al menos en Chile, esa voluntad de resistencia sigue viva. El reto, ahora, es que ese clamor se traduzca en acciones concretas, dentro y fuera de los despachos diplomáticos, para que la palabra “genocidio” deje de describir la realidad y vuelva a ser solo una advertencia histórica.