Javier Milei hizo de la inauguración de la exposición agropecuaria un acto político total. Anunció recortes impositivos permanentes, lanzó un desafío al “modelo empobrecedor” y marcó su ruptura con la “casta política”. Un manifiesto liberal en medio del barro del campo argentino.
Javier Milei eligió La Rural de Palermo para confirmar que su romance con el agro no terminó con las elecciones. Ante una audiencia expectante y férreamente alineada con su ideario, el presidente argentino ratificó su propuesta de eliminar las retenciones al campo y profundizar un modelo económico de libertad plena. Como en sus mítines de campaña, volvió a invocar al “Estado ladrón” y a la “casta parasitaria”, pero esta vez desde la tribuna presidencial. Las palabras son las mismas, pero la institucionalidad que ahora encarna otorga a sus gestos otra dimensión.
El discurso fue recibido con entusiasmo entre los productores rurales, muchos de los cuales ven en Milei al primer presidente en décadas que se atreve a decir en voz alta lo que consideran un consenso silenciado: que el campo es el motor económico del país y que gravarlo equivale a ponerle piedras al único carro que todavía avanza. La promesa de eliminar todas las retenciones a las exportaciones agropecuarias —“si el Congreso lo permite”, advirtió— fue la ovación del día.
Detrás de la medida fiscal, lo que Milei desplegó fue una narrativa ideológica que da sentido a su programa. El campo fue presentado como la encarnación de una Argentina productiva, meritocrática y libre, frente a un Estado al que describió como devorador y opresor. Ese contraste, que entusiasma a su base, también simplifica las complejidades estructurales del país. Argentina no es solo campo ni puede sostenerse exclusivamente sobre la renta agroexportadora, como si el resto del tejido económico —urbano, industrial, informal— fuese un lastre a eliminar.
La escena también reveló un componente emocional clave en la retórica de Milei: el agravio histórico. Prometer menos impuestos se convirtió en un gesto de reconciliación con un sector históricamente relegado por el centralismo porteño. La 125, el conflicto de 2008, las restricciones a las exportaciones, las intervenciones del kirchnerismo… Todo fue reactivado en un marco de reivindicación que busca tanto apoyo económico como legitimidad moral.
Ahora bien, prometer retenciones cero es más fácil que implementarlas. Las cuentas fiscales no cierran sin los ingresos que genera el sector agroexportador. El equilibrio macroeconómico que el gobierno dice defender podría verse comprometido si renuncia a una de sus principales fuentes de divisas. Además, la eliminación total de retenciones reconfiguraría aún más el ya desigual mapa de distribución de la riqueza en el país.
Más allá del gesto, el acto en La Rural dejó flotando una pregunta esencial: ¿puede la Argentina sostener un modelo de desarrollo basado casi exclusivamente en su potencia agroexportadora? ¿Dónde queda la inclusión social, la diversificación productiva, la ciencia y la tecnología, la integración regional? El modelo de Milei apunta a una desregulación acelerada, pero en un país con heridas abiertas y desigualdades persistentes, el riesgo no es menor.
Milei habló para los suyos. Y los suyos lo aplaudieron. Pero gobernar exige algo más que reafirmar convicciones. Implica construir equilibrios, respetar tensiones y, sobre todo, evitar que la ideología sustituya a la política. El campo es una fuerza vital en la Argentina. Pero incluso el campo sabe que el país no se gobierna solo con entusiasmo.