La política exterior del gobierno de Javier Milei ha entrado, con paso decidido, en terreno de alta temperatura. Las recientes declaraciones del portavoz del Ministerio de Exteriores de Irán, Naser Kanaani, elevan el tono: acusan a Argentina de “enemistarse con las naciones islámicas” por su alianza incondicional con Israel. Un lenguaje áspero, que, si bien no es nuevo en la retórica iraní, confirma que el giro internacional del nuevo gobierno argentino ya empieza a provocar reacciones.
Desde que Milei asumió la presidencia, su cercanía con el Estado de Israel ha sido más que simbólica. El anuncio del traslado de la embajada argentina a Jerusalén, sus reiterados gestos públicos de adhesión al gobierno de Netanyahu y su postura abiertamente proisraelí en el conflicto con Palestina han sido recibidos, dentro y fuera del país, con una mezcla de aplauso, incomodidad y desconcierto. No porque un país no tenga derecho a redefinir sus alianzas, sino porque las formas, los tiempos y los gestos también pesan.
Irán, que mantiene tensiones diplomáticas con Argentina desde hace décadas —especialmente por el caso AMIA, aún sin esclarecer del todo—, ve este alineamiento como una provocación directa. Pero más allá del ruido entre gobiernos, la pregunta de fondo es otra: ¿puede Argentina construir una política exterior sostenible a base de lealtades ideológicas absolutas?
Milei ha optado por una narrativa de alianzas morales, donde el mundo se divide entre civilización y barbarie, democracia y totalitarismo, Occidente y sus enemigos. Pero esa lógica, que puede ser eficaz en campaña, resulta limitada en diplomacia real. Alinear política exterior con afinidades religiosas o culturales no siempre rinde frutos duraderos, especialmente en un escenario global fragmentado y volátil.
Del otro lado, el discurso iraní tampoco es inocente. Utiliza el caso argentino como parte de su estrategia de confrontación global con Israel y Estados Unidos. Irán no defiende la causa palestina por romanticismo humanitario, sino como parte de su agenda de influencia regional y de su narrativa de resistencia. Convertir a Argentina en blanco retórico le sirve para agitar sus propias bases internas y enviar señales a sus aliados.
Lo delicado, para Buenos Aires, no es tanto lo que diga Teherán, sino lo que pueda implicar este tipo de alineamientos en su proyección global. En política exterior, las declaraciones de principios deben acompañarse de cálculos estratégicos: qué se gana, qué se arriesga y qué margen queda para negociar con quienes no comparten nuestras posiciones.
Argentina necesita una política exterior firme pero flexible. Defender la relación con Israel es legítimo. Convertirla en trinchera ideológica, menos. Y aceptar que cada palabra presidencial puede tener repercusiones más allá de la foto o el aplauso interno, es un ejercicio necesario de madurez republicana.
Porque en el ajedrez internacional, el peón que avanza sin medir al rey suele caer primero.