Hace casi cuatro décadas, el cirujano cardiotorácico Rubén Argüero realizó una hazaña médica histórica en el Centro Médico “La Raza”. Hoy reflexiona sobre su legado y los desafíos actuales de la donación y los trasplantes en la región.
En julio de 1988, la medicina latinoamericana alcanzó un hito sin precedentes: el primer trasplante de corazón en Hispanoamérica, efectuado por el doctor Rubén Argüero Sánchez en el Centro Médico Nacional “La Raza” del IMSS, en Ciudad de México. Casi 37 años después, en una entrevista con EFE, Argüero vuelve la vista atrás con la humildad del pionero y analiza el trayecto recorrido en este tiempo.
El éxito de aquel 21 de julio fue posible gracias a un equipo multidisciplinario de médicos, enfermeros y apoyo técnico que trabajó incansablemente durante horas. El corazón del donante, José Fernando Tafoya Chávez, que luchaba contra una miocarditis, despertó por primera vez en otro cuerpo alrededor de las 22:03, un instante que Argüero describe como los “18 minutos más largos de su vida quirúrgica”. El paciente sobrevivió más de un año postoperatorio, demostrando que el procedimiento no era solo posible, sino viable.
Desde entonces, la práctica de trasplante cardiaco en México se expandió, aunque con ritmos variables. En los primeros treinta y cinco años se realizaron alrededor de 686 trasplantes de corazón gracias a un sistema mejorado de reconocimiento de muerte cerebral, diagnóstico, compatibilidad y medicación inmunosupresora. Argüero, formado también en Estados Unidos —en la Universidad de Stanford y la de Alabama—, con una carrera académica destacada en la UNAM e IMSS, ha promovido además innovaciones, como los trasplantes de células madre en el corazón.
Más allá de la técnica, Argüero subraya la importancia de la cultura de la donación. En su charla con EFE llama a la sociedad a “no perder la oportunidad de ser útil” y a abrirse a la idea de que incluso una sola donación puede salvar múltiples vidas. Su discurso —apoyado por reconocimientos como el nombramiento como profesor emérito de la UNAM y diversos méritos médicos— busca despertar conciencia sobre los beneficios y retos del sistema mexicano de trasplantes.
No obstante, Argüero reconoce la deuda pendiente: que México y América Latina alcancen estándares comparables a los de los países líderes en trasplantes. Aunque pioneros y con infraestructura humana capacitada, aún falta impulso institucional para consolidar una red eficiente y amplia de donaciones y trasplantes.
En un continente donde los índices de donación siguen por debajo de lo ideal, el llamado del doctor Argüero no es solo un homenaje al pasado, sino una brújula hacia el futuro. El trasplante de 1988 fue únicamente el comienzo. Hoy, el desafío es convertir aquella hazaña en una política pública sostenible, cimentada en la educación, el pluralismo médico y el compromiso social.