En Buenos Aires, Lula y Milei expusieron sus visiones opuestas del Mercosur. Lula habló como un jefe de familia que busca refugio ante la tormenta global: defendió la tarifa externa común como un escudo necesario en un mundo marcado por guerras comerciales. Milei, en cambio, usó la retórica libertaria que lo define: pidió que el bloque deje de ser un escudo y pase a ser una lanza para conquistar mercados. Y advirtió: “Iremos hacia la libertad acompañados o solos”.
No hubo encuentro bilateral. Fue una transmisión de mando fría, casi burocrática, entre dos presidentes que no comparten visión ni lenguaje político. Mientras Lula conversó con líderes de Paraguay y Bolivia, Milei se reunió con el uruguayo Yamandú Orsi y el panameño José Raúl Mulino.
Durante meses, Milei amagó con sacar a Argentina del bloque para lograr acuerdos bilaterales más rápidos, como con Estados Unidos. Esta vez, moderó el tono, pero insistió en flexibilizar. Logró ampliar la lista de excepciones arancelarias, una medida que revela la fragilidad interna de un Mercosur atado a intereses nacionales antes que a un proyecto común.
Lula, en cambio, insistió en fortalecer la integración regional con monedas locales y abrir negociaciones con Asia, tras cerrar las conversaciones con la EFTA y la Unión Europea, aún pendientes de firma definitiva.
En medio de ambos, el uruguayo Yamandú Orsi cultivó su estilo discreto. Heredero político de Mujica, repite la importancia de acuerdos amplios y duraderos. Sabe que el Mercosur es más un escenario de negociación política que un bloque económico eficaz. Por ahora.
El Mercosur enfrenta su dilema histórico: ¿se convertirá en plataforma para proyectarse como región o se quedará en club de protecciones y excepcionalidades? Lula cree en el paraguas común. Milei, en el salto individual. Mientras, el bloque avanza con acuerdos parciales y sin resolver su contradicción esencial: la integración sin visión compartida termina siendo un trámite sin trascendencia.