Nicolás Maduro acaba de recibir un doctorado honoris causa en “materia de seguridad” mientras buques de guerra estadounidenses se pasean por el Caribe con la misma discreción que los pelícanos. La escena tuvo todos los ingredientes de una liturgia bolivariana tardía: toga negra, medalla reluciente y una boina roja que aspira más a holograma de Hugo Chávez que a prenda militar. Todo televisado, naturalmente, para que la épica no se oxide por desuso.
El acto tuvo lugar en la Universidad Militar Bolivariana, uno de esos espacios donde el protocolo sustituye al debate. Maduro ofreció una “lección magistral” sobre cómo resistir guerras invisibles con sabiduría autoproclamada, mientras el ministro de Defensa y el alto mando lo escoltaban como si recibiera un Nobel de supervivencia simbólica.
La narrativa oficial habló de “músculo nacional”, “soberanía ejercitada” y “guerra multiforme”, un vocabulario que sirve lo mismo para un parte de guerra que para un manual de épica oficialista. La coincidencia con el despliegue naval de Estados Unidos no es casual, pero el guion exige fingir que todo forma parte de una conspiración geológica contra el petróleo venezolano.
El presidente estadounidense, Donald Trump, acusa a Maduro de narcotráfico y moviliza barcos. Marco Rubio, en su versión de fiscal global, asegura que los cuarteles venezolanos son una sucursal logística del cartel. Maduro responde indignado, no tanto por el contenido como por la competencia narrativa: en el universo bolivariano, las acusaciones deben ser producidas desde Caracas, no desde Washington.
El gobierno norteamericano ha elevado la recompensa por su captura a 50 millones de dólares, lo que convierte al presidente venezolano en uno de los pocos mandatarios cuyo valor de mercado está expresado en cifras propias del crimen organizado. En respuesta, Maduro ha optado por blindarse con títulos académicos militares, quizás porque los chalecos antibalas no combinan bien con la toga.
Lo más notable no fue el discurso, sino la convicción estética. La puesta en escena recuerda a esos regímenes donde el uniforme y el pergamino sustituyen a la legitimidad y a las urnas. El doctorado llega antes que la tesis, pero después de las sanciones, como si la academia castrense operara al ritmo inverso del sentido común.
El Caribe sigue lleno de barcos estadounidenses, pero el gobierno venezolano insiste en que su principal estrategia defensiva consiste en coleccionar honores otorgados por instituciones bajo su mando. La historia juzgará si la toga y la boina eran símbolos de resistencia o recuerdos de una república que se acostumbró a premiarse a sí misma.
Por ahora, el título honorífico no detiene destructores ni reduce recompensas. Lo que sí consigue es añadir otro capítulo a la estética del poder bolivariano, donde incluso los diplomas terminan adaptándose a la lógica del conflicto asimétrico.