Maduro adelanta la Navidad: política de diciembre en octubre

09 septembre 2025 - 11:59
Imagen digital generada de Nicolás Maduro en un decorado navideño, utilizada como metáfora de su decisión de adelantar las fiestas al 1 de octubre.

Imagen digital generada de Nicolás Maduro en un decorado navideño, utilizada como metáfora de su decisión de adelantar las fiestas al 1 de octubre.

Javier Milei dijo hace poco que la política puede ser “un carnaval eterno”. Nicolás Maduro prefiere la metáfora navideña: volver a encender las luces en octubre, antes de que los vientos del Caribe se enfríen, para conjurar crisis, cansancio y desesperanza.

En Venezuela, la Navidad ya no empieza en diciembre. Por decreto presidencial, el arbolito, las gaitas y el pan de jamón se encienden desde el 1 de octubre. Es el segundo año consecutivo que Maduro “adelanta” las fiestas, esta vez bajo el argumento de defender “el derecho a la felicidad” y reanimar la economía popular. En un país de hiperinflaciones recientes, sanciones internacionales y tensiones políticas permanentes, el gesto suena tanto a bálsamo como a propaganda.

Maduro habla de felicidad, pero la medida revela otra urgencia: la necesidad de dar aire a un gobierno que se enfrenta a la fatiga social y a un calendario electoral siempre inquietante. Convertir octubre en diciembre significa llenar supermercados, calles y pantallas de colores que disimulen la penuria. Un decorado que busca, al menos durante tres meses, ofrecer la ilusión de que todo funciona, que el país celebra unido, que la política puede transformarse en fiesta.

La clave económica aparece con nitidez. El comercio formal y la economía informal encuentran en la Navidad su mayor temporada de ventas. Al ampliarla a un trimestre completo, el Ejecutivo intenta generar dinamismo, incentivar el consumo y sostener la circulación del dólar, que sigue siendo el motor de transacciones diarias. La Navidad como política económica: menos ajuste, más guirnaldas.

El efecto simbólico, sin embargo, es más profundo. El calendario es, en sí mismo, un lenguaje de poder. Al decidir cuándo comienza el tiempo festivo, el gobierno no solo organiza las vitrinas, también impone un relato: Venezuela puede celebrar antes que nadie porque así lo dicta el Palacio de Miraflores. No es casual que el anuncio se produzca en su programa televisivo, donde Maduro se presenta como conductor de un país que necesita emociones tanto como políticas.

La medida también genera un espejo incómodo. Un pueblo con graves déficits en salud, servicios y educación recibe como prioridad un adelanto de villancicos. Para sus detractores, la estrategia encubre precariedades estructurales con luces intermitentes; para sus defensores, ofrece una tregua emocional en un tiempo de agotamiento colectivo. Quizá ambos tengan parte de razón: la Navidad adelantada es alivio y cortina a la vez.

Lo cierto es que este tipo de decretos condensan la paradoja venezolana: un Estado que no puede asegurar lo esencial, pero sí logra monopolizar el calendario. Entre la promesa de felicidad y la cruda realidad de la escasez, Maduro despliega una política de gestos que se mide más en símbolos que en resultados.

La pregunta es qué queda cuando las luces se apaguen. ¿Una economía más estable? ¿Un pueblo más reconciliado? ¿O solo la resaca de un carnaval navideño que empezó demasiado pronto? En Venezuela, la política se ha convertido en un permanente diciembre: abundan las luces, pero persiste la sombra.

Compartir el artículo