La Asamblea General de la ONU dejó una escena inesperada: Lula da Silva y Donald Trump, presidente de Brasil y de Estados Unidos, se cruzaron en los pasillos y hablaron apenas unos segundos. Trump habló de “excelente química”. Lula, fiel a su estilo, respondió que siempre estuvo abierto al diálogo. Entre gestos corteses y frases calculadas, el apretón de manos simboliza la tentativa de redefinir una relación atravesada por sanciones, aranceles y sospechas cruzadas.
El encuentro llega en un momento de máxima tensión. Trump, recién regresado a la Casa Blanca, no ha disimulado su cercanía con Jair Bolsonaro ni su hostilidad hacia las instituciones brasileñas, al punto de sancionar al ministro Alexandre de Moraes y a otros miembros del gobierno. Lula, en cambio, ha hecho de la defensa del Supremo Tribunal Federal y de la condena de Bolsonaro un estandarte democrático. Esa contradicción sobrevuela cualquier gesto diplomático: ¿cómo dialogar con quien apoyó al adversario condenado por conspiración golpista?
En Nueva York, Lula aprovechó su discurso para trazar fronteras claras. Defendió la democracia brasileña frente a las tentaciones autoritarias, denunció el genocidio en Gaza y recordó que, por primera vez en cinco siglos, un expresidente de Brasil fue juzgado y condenado por atentar contra el Estado de derecho. Trump, en cambio, dedicó su tribuna a criticar a la ONU, fustigar a ambientalistas y reafirmar su cruzada contra la inmigración. Dos visiones opuestas del mundo, unidas por un apretón de manos que dura menos que un titular de prensa.
La “excelente química” proclamada por Trump puede sonar a frivolidad, pero encierra una paradoja. Para Lula, cualquier gesto que reduzca la presión económica estadounidense es una victoria táctica. Para Trump, todo acercamiento es una oportunidad de marcar la agenda en sus propios términos, incluso a riesgo de humillar a su interlocutor. De ahí la cautela del Itamaraty: mejor un saludo breve que un encuentro prolongado donde la asimetría de poder se traduzca en espectáculo político.
El trasfondo económico marca la verdadera dimensión del encuentro. El “tarifaço” decretado por Washington contra productos brasileños golpea directamente a un país que lucha por reactivar su economía en plena recesión global. Que el real y la Bolsa hayan reaccionado con entusiasmo al simple anuncio de una futura conversación revela hasta qué punto los mercados descuentan cualquier atisbo de distensión. La política exterior, en este caso, se mide en puntos porcentuales y en la respiración de una moneda acosada por la volatilidad.
Lo esencial se encuentra en otro plano, el simbólico, donde Brasil busca proyectar una democracia resistente, capaz de juzgar a los suyos desde su propia soberanía. Trump, al exhibir cercanía con Lula, busca legitimar su propia narrativa de hombre fuerte que solo negocia con pares de “química excelente”. Dos estrategias que se entrecruzan en el escenario más visible del multilateralismo, la ONU, justo cuando esta atraviesa una crisis de credibilidad.
La incógnita es cuánto durará esa química. Lula sabe que Trump es un socio volátil, propenso a gestos teatrales que pueden convertirse en desaires. Y Trump sabe que Lula es un líder experimentado que no se deja arrastrar fácilmente al terreno de la sumisión. En ese equilibrio tenso se jugarán las próximas conversaciones, sean por videoconferencia, por teléfono o en alguna cumbre imprevista.
Más allá de la cortesía diplomática, lo que Brasil defendió en Nueva York fue la vigencia de la democracia frente a quienes intentaron destruirla desde adentro y frente a quienes la miran con sospecha desde afuera. La “química” entre Lula y Trump podrá alimentar titulares, pero lo que realmente importa es si Brasil logra afirmar que su soberanía y su democracia no se negocian.