El presidente brasileño abre un inusual canal de diálogo con Donald Trump, buscando comprometerlo con el debate climático mientras la relación entre Brasilia y Washington atraviesa su momento más tenso desde 2023.
Luiz Inácio Lula da Silva ha vuelto a sorprender con su pragmatismo político. En medio de una crisis diplomática alimentada por aranceles punitivos y la creciente presión judicial sobre Jair Bolsonaro, el presidente brasileño anunció que planea invitar personalmente a Donald Trump a la COP30 que se celebrará en noviembre en la ciudad amazónica de Belém. El gesto busca abrir un canal de diálogo con el líder republicano, reconocido escéptico del cambio climático y actual inquilino de la Casa Blanca.
“Voy a llamarlo para invitarlo a la COP, porque quiero saber qué piensa sobre la cuestión climática”, dijo Lula desde Brasilia, evitando deliberadamente confrontar a Trump por la reciente escalada arancelaria. La decisión de Washington de imponer un recargo del 40% sobre ciertas exportaciones brasileñas, sumado al 10% ya anunciado en abril, marca un deterioro evidente en una relación que venía resquebrajándose desde el regreso de Trump al poder.
La coyuntura se complica aún más con el arresto domiciliario de Jair Bolsonaro, decretado por el juez Alexandre de Moraes tras nuevas infracciones a las restricciones impuestas por su causa judicial. Acusado de liderar una trama golpista en 2022 para desconocer su derrota electoral, el expresidente de extrema derecha permanece ahora en su residencia bajo vigilancia. Trump, su aliado ideológico más cercano, ha denunciado públicamente lo que considera una “caza de brujas”, y ha vinculado el trato a Bolsonaro con las sanciones comerciales contra Brasil.
Pero Lula, consciente de los equilibrios internacionales y de la importancia simbólica de la COP30 en la Amazonía, parece decidido a aislar el clima del resto de la agenda conflictiva. No quiere –o no puede– frenar el deterioro comercial, pero sí busca colocar a Brasil como interlocutor inevitable en el debate ambiental global. Incluso si para eso debe cruzar líneas incómodas.
La jugada es arriesgada: Trump retiró a EE. UU. del Acuerdo de París durante su primer mandato y su escepticismo climático no ha variado. Apostar a su presencia en una cumbre ambiental es, en el mejor de los casos, un gesto diplomático sin garantías. Pero en política internacional, incluso el gesto cuenta. Y Lula quiere capitalizarlo.
Mientras tanto, en Brasilia, la tensión se traslada al Congreso. Legisladores bolsonaristas bloquearon el funcionamiento de las cámaras como protesta por el arresto de su líder. Con cintas en la boca y consignas de “censura”, exigen un juicio político contra el juez de la Corte Suprema y promueven un proyecto de amnistía general que amenaza con devolver a Bolsonaro el oxígeno político que ha perdido en tribunales.
La oposición habla de persecución; el oficialismo, de justicia. En el centro, la democracia brasileña vuelve a ponerse a prueba. Y en los márgenes de esa disputa, Lula opta por jugar en el tablero global: Belém como escaparate, el clima como narrativa transversal y Trump como invitado improbable.
Queda por ver si el presidente estadounidense acepta el convite. Pero más allá de su respuesta, el gesto de Lula lanza un mensaje: Brasil no renuncia a su papel protagónico en la gobernanza climática, aun cuando deba dialogar con sus adversarios. La política, como la meteorología, también se mueve por corrientes inesperadas.