La XVII Cumbre de los BRICS inició en Río de Janeiro con un mensaje que resonó más allá del Museo de Arte Moderno: el Sur global ya no quiere estar sentado en la periferia del poder mundial. El presidente anfitrión, Luiz Inácio Lula da Silva, abrió el encuentro con un llamado a fortalecer la cooperación entre las potencias emergentes y reformar las instituciones multilaterales que, en sus palabras, «ya no reflejan la realidad del mundo actual».
No fue solo un discurso protocolar. Lula dejó claro que la ampliación de los BRICS —ahora con Egipto, Irán, Emiratos Árabes Unidos, Etiopía, Indonesia y Arabia Saudita como nuevos miembros— refuerza su «carácter estratégico». Hoy el bloque representa cerca del 40% del PIB global y más de la mitad de la población mundial. Un músculo económico y demográfico que, sin embargo, sigue sin traducirse en un poder político equivalente.
La agenda de la cumbre revela el foco: reducir la dependencia del dólar con sistemas de pago propios, como BRICS Pay; fortalecer el Nuevo Banco de Desarrollo, presidido por Dilma Rousseff; y ampliar el uso de monedas nacionales en el comercio intrabloque. También se discute la reforma del Consejo de Seguridad de la ONU, una demanda histórica de Brasil, India y Sudáfrica, que reclaman un asiento permanente que refleje su peso real en la política mundial.
El cambio climático se impuso como prioridad inevitable. La ministra brasileña Marina Silva advirtió sobre la «emergencia climática global» y pidió movilizar 1,3 billones de dólares anuales para apoyar la transición de los países más vulnerables. El mensaje es claro: sin financiamiento, los objetivos climáticos seguirán siendo promesas vacías.
La cumbre, que concluirá el lunes, abordará además la gobernanza de la inteligencia artificial, la cooperación sanitaria y la definición de un nuevo mecanismo de ingreso de miembros, con la posible creación de la categoría de «socios estratégicos».
Para América Latina, el encuentro de Río muestra un giro. Brasil recupera protagonismo como articulador regional y puente con Asia y África. Lula se reposiciona como un líder del Sur global en un momento donde los países emergentes exigen un lugar en la mesa de decisiones globales. No como invitados decorativos, sino como actores con agenda, recursos y voz propia.