La virulencia verbal del presidente argentino Javier Milei ha escalado hasta niveles que generan alarma entre periodistas, ciudadanos y organizaciones de la sociedad civil. El Foro de Periodismo Argentino (FOPEA), una reconocida entidad defensora de la libertad de expresión que agrupa a más de 600 profesionales, ha denunciado ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) la agresividad discursiva del mandatario y de sus seguidores, y espera una audiencia especial en noviembre para documentar el caso argentino durante las sesiones públicas del organismo.
El presidente Javier Milei prometió esta semana abandonar los insultos para centrarse en las ideas. Un informe de La Nación documentó previamente que el mandatario pronunció 611 insultos en los últimos 100 días, de los cuales 57 son expresiones malsonantes de tipo sexual. El jefe de Estado está convencido de que sus críticos —a quienes llamó “los exquisitos de las formas” y acusó de sostener una “dictadura de las formas”— carecen de capacidad intelectual para rebatirlo. Por eso, defiende su lenguaje vulgar y chabacano como estilo de gobernar, ejercer la presidencia y conectar con sus votantes.
Cuando escuché y leí las expresiones usadas por Milei, registradas por La Nación, vino a mi memoria la canción de Bersuit Vergarabat: La argentinidad al palo. Milei no es la primera figura pública argentina ni el primer político que hace de la vulgaridad un sello personal: célebres fueron los excesos verbales de Diego Armando Maradona, y también los del kirchnerismo, desde la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner hasta funcionarios como Guillermo Moreno, quien tampoco dejó indiferente a quienes lo escucharon.
La diferencia es que el actual presidente ha llevado más lejos las expresiones cloacales, al tiempo que ha incrementado el volumen de insultos que profiere. Para su núcleo duro, esa ordinariez es un signo ‘cool’ que se celebra como rasgo frontal y distintivo; sin embargo, degrada la investidura presidencial y la institución que representa.
Es preocupante que el presidente convierta la grosería personal en un referente identitario de la jefatura de Estado, y que, lejos de moderarse, haya intensificado su estilo virulento. En Argentina, pocos creen en su promesa de suavizar las formas: más bien la interpretan como una estrategia de campaña hacia las elecciones legislativas del 26 de octubre. Según encuestas, un 40% aprueba su estilo beligerante, un 54% lo desaprueba, y dentro de su núcleo duro la aceptación llega al 80%. En cambio, casi la mitad de quienes lo votaron en segunda vuelta rechaza su modo de expresarse.
El periodista Marcelo Longobardi, crítico de Milei, cuestionó la comparación que este hace con el expresidente y escritor Domingo F. Sarmiento (1811-1888). Recordó que Sarmiento priorizó la educación, decisión que elevó el nivel cultural de Argentina por encima del de muchos países de América Latina y de Europa en los siglos XIX y XX. Para Longobardi, la distancia entre ambos es enorme: Sarmiento fue “un intelectual notable, viajero y gran escritor”, autor de Facundo, el libro de historia más importante de Argentina, y solo ocasionalmente soltó alguna palabrota.
Longobardi sostiene que el presidente trasciende la mera vulgaridad y muestra comportamientos más graves, como acusar de “inmorales” o de padecer problemas mentales a quienes discrepan con él. Para Joaquín Morales Solá, Milei busca humillar sistemáticamente a sus opositores y debería comprender que “las formas son el fondo del sistema democrático”, algo verificable en cualquier manual de ciencia política.
Ambos periodistas han sido blanco de ataques: Longobardi recuerda que Milei retuiteó insultos contra él y Carlos Pagni. Morales Solá contextualiza el carácter presidencial señalando que, desde sus días como panelista televisivo, su estilo agresivo y pendenciero fue su sello, y que las malas palabras fueron un añadido a esa agresión constante.
Críticos y analistas no alineados con ningún poder, igualmente severos con los excesos kirchneristas, dudan de que Milei cambie. Como resume Morales Solá: “Nadie aprende a ser vulgar a los 53 años”.