En Venecia, entre producciones millonarias y nombres que orbitan el star system europeo, apareció una película pequeña y obstinada. Hiedra, de la directora ecuatoriana Ana Cristina Barragán, se llevó el premio al mejor guion en la sección Horizontes, y con ello abrió una conversación distinta sobre lo que significa hacer cine desde un país con escasos apoyos estructurales, pero con una pulsión narrativa cada vez más visible.
Una voz que insiste en crecer
El título no es casual. La hiedra crece pegada a los muros, sin pedir permiso, buscando resquicios para avanzar. Así también ha sido el recorrido de esta producción independiente: un proyecto levantado a contracorriente, con presupuestos modestos y una red de colaboraciones que supo aprovechar lo que ofrecía el entorno. Barragán confirma, con esta obra, que el cine latinoamericano puede expandirse desde la fragilidad material y encontrar fuerza en la coherencia de una mirada.
La textura de lo íntimo
El premio al guion no reconoce únicamente la estructura narrativa, sino la capacidad de construir personajes que respiran, se equivocan, desean y temen. En Hiedra, la intimidad se convierte en espacio político. No hay discursos subrayados ni moralejas evidentes; lo que hay es un mundo hecho de gestos y silencios, de tensiones familiares y territoriales que en conjunto dibujan un retrato más amplio de un país que rara vez ocupa titulares en el circuito global del cine.
Ecuador en la pantalla, sin postales
Uno de los méritos de Barragán ha sido evitar la tentación de convertir a Ecuador en un decorado exótico. El paisaje aparece, pero como parte de la vida cotidiana, sin grandilocuencias turísticas. Esa elección coloca al espectador en un territorio reconocible y a la vez nuevo, donde las preguntas sobre identidad, pertenencia y deseo no son panfletarias, sino experiencias concretas que el cine hace palpables.
Un logro colectivo
Aunque el reconocimiento recaiga en la directora y guionista, Hiedra es también el resultado de una comunidad creativa que se articula entre Quito, Guayaquil y el exilio de muchos cineastas que circulan por festivales internacionales buscando fondos. En ese tejido, el guion premiado en Venecia aparece como símbolo de resistencia cultural: demostrar que, a pesar de la precariedad, el cine ecuatoriano tiene voz, y que esa voz interesa más allá de sus fronteras inmediatas.
Mirar hacia adelante
El galardón en Horizontes no asegura taquilla ni estabilidad financiera, pero ofrece algo quizá más valioso: la certeza de que contar historias desde Ecuador importa. Hiedra se suma a una serie de películas sudamericanas recientes que buscan complejidad en lo íntimo y se resisten a ser encapsuladas en categorías fáciles. En ese gesto, se abre un espacio de futuro donde el cine latinoamericano deja de ser “emergente” para reclamar su lugar como interlocutor pleno en el debate cultural global.