Guatemala volvió a sentir este martes la fuerza de la tierra. Tres sismos, casi consecutivos, sacudieron buena parte del país y de El Salvador, dejando un saldo de al menos siete personas soterradas, decenas de viviendas afectadas y miles de guatemaltecos con el miedo grabado en la piel. La naturaleza recordó, una vez más, la fragilidad de su territorio.
El primero de los movimientos telúricos, de magnitud 4,7, ocurrió a las 15:11 hora local. Treinta minutos después, un segundo temblor alcanzó 5,6. Ambos tuvieron su epicentro en Amatitlán, apenas 20 kilómetros al sur de Ciudad de Guatemala y a 10 kilómetros de profundidad, según el USGS. Poco después, un tercer sismo, de magnitud 4,8, se registró en Alotenango, cerca de la turística Antigua Guatemala.
El presidente Bernardo Arévalo confirmó que, hasta el momento, no se reportan víctimas mortales. Sin embargo, los temblores dejaron al menos siete personas soterradas: dos rescatadas y hospitalizadas, y una familia entera –tres adultos y dos niños– aún atrapada mientras los socorristas trabajan contrarreloj para liberarlos. La escena repite una historia conocida en Centroamérica: brigadas comunitarias, bomberos voluntarios y cuerpos de emergencia enfrentan la precariedad de recursos para salvar vidas en medio del caos.
Ante la magnitud de la emergencia, Arévalo suspendió para este miércoles las clases y la jornada laboral en tres departamentos: Guatemala, Escuintla y Sacatepéquez. La medida busca prevenir riesgos adicionales, revisar infraestructuras y atender posibles réplicas. La decisión fue bien recibida por los ciudadanos, quienes pasaron la noche entre el temor a nuevas sacudidas y la angustia de quienes esperan noticias de familiares en las zonas afectadas.
Los movimientos provocaron grietas en viviendas, derrumbes en rutas y la evacuación de múltiples edificios de la capital por precaución. En redes sociales circularon imágenes de oficinas y comercios vaciados en minutos, alarmas sísmicas sonando y personas abrazadas en las calles, presas del temblor y del recuerdo de tragedias pasadas. «Se sintió muy fuerte», relató a la AFP una empleada de un complejo de oficinas, aún temblorosa por el susto.
Guatemala es un país acostumbrado a los sismos. La convergencia de las placas Caribe y Cocos, junto a las fallas geológicas locales, genera movimientos casi diarios, aunque la mayoría resultan imperceptibles. Esta vez no fue así. El Instituto Nacional de Sismología reportó más de 35 sismos de menor magnitud tras los tres principales. La tierra no deja de moverse.
En El Salvador, los temblores se sintieron levemente en su capital. Sin embargo, la región entera mantiene la alerta. Centroamérica vive con la conciencia de su vulnerabilidad sísmica, pero la infraestructura débil y la pobreza de millones de personas aumentan el riesgo de tragedias cada vez que la tierra ruge.
El gobierno guatemalteco activó los protocolos de emergencia y las autoridades llamaron a la calma y a la prevención. Mientras tanto, la población se mantiene pendiente de los trabajos de rescate y de los informes oficiales. Las escenas de hoy, con familias atrapadas bajo los escombros y barrios enteros sin dormir, revelan las carencias históricas de un país donde la gestión de riesgos sigue siendo un reto pendiente.
La pregunta no es si habrá un nuevo sismo, sino cuándo. Guatemala, como gran parte de Mesoamérica, enfrenta la amenaza constante de la tierra. Y cada temblor expone sus vulnerabilidades y la urgente necesidad de políticas públicas que fortalezcan la resiliencia comunitaria. Porque, en este territorio donde todo tiembla, lo único que no debería derrumbarse es la voluntad de proteger la vida.