Guaicuru Ñemondé: la fiesta que une religión y memoria en Paraguay

25 juillet 2025 - 15:37

Emboscada, un pequeño poblado paraguayo que no suele figurar en los mapas de urgencia geopolítica, se transforma cada 24 de julio en escenario de un ritual que parecería salido de un sueño etnográfico: hombres, mujeres y niños se visten con plumas, máscaras y tambores para rendirle homenaje a un santo español del siglo XVI. ¿Devoción? Sí. Pero también memoria, cuerpo y territorio.

La fiesta en honor a San Francisco Solano en la compañía Minas —conocida popularmente como Guaicuru Ñemondé, que en guaraní podría traducirse como “vestirse como bárbaro”— es una de esas expresiones culturales que resisten la clasificación cómoda. Es procesión religiosa y danza de origen indígena a la vez, pero también algo más: una puesta en escena colectiva donde confluyen promesa, performance y pertenencia. Y como suele ocurrir en América Latina, bajo las plumas se agitan siglos de historia no resuelta.

Cada año, más de dos mil personas participan de esta festividad singular. Algunos llevan siete años cumpliendo la promesa, otros apenas comienzan. Se disfrazan con plumas de aves domésticas —gallinas, pavos, gansos—, se cubren el rostro con máscaras rústicas, imitan sonidos de pájaros, marchan bajo el sol, acompañados de tambores y acordeones, y alzan la imagen del santo hasta la capilla. Lo que podría parecer un carnaval periférico, se revela como un acto íntimo y potente de fe encarnada.

Pero ¿por qué esta mezcla de plumas y oraciones? La figura de San Francisco Solano, franciscano español que evangelizó con violín en mano a pueblos originarios de Sudamérica, ha sido resignificada por la comunidad. Las plumas evocan tanto al ave como al guerrero ancestral, al espíritu como al cuerpo. Algunos dicen que los disfraces representan a los antiguos enemigos, y que al vestirse como ellos, los fieles asimilan su fuerza. Una forma simbólica de reconciliación, o quizás de sobrevivencia.

Lo que aquí se celebra tanto un santo como una identidad comunitaria tejida entre lenguas, silencios y ritos. El guaraní —lengua viva y de prestigio en Paraguay— da nombre a la fiesta, pero también estructura su sensibilidad. La promesa se vive como destino, no como espectáculo. Las familias guardan celosamente sus trajes, fabricados durante meses, y cada movimiento de la danza parece cargar con una memoria heredada.

Sin embargo, no faltan quienes cuestionan la vigencia de estos rituales. ¿Se trata de una exotización de lo indígena? ¿De un folclorismo reciclado para el consumo turístico? ¿O, más bien, de una forma popular —y legítima— de actualizar una religiosidad mestiza que no necesita la aprobación de los teólogos? Lo cierto es que el Guaicuru Ñemondé escapa a los binarismos. Es tan católico como indígena, tan devoto como irreverente.

En tiempos donde las identidades se licúan entre algoritmos y consignas, este desfile emplumado recuerda que aún hay comunidades que se visten de sí mismas para existir. Que la fe puede tener forma de danza, y la danza, forma de resistencia. Y que, desde una esquina invisible de Paraguay, cada julio, un pueblo entero canta con cuerpo y plumas que su historia no ha terminado.

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