Con 70 años y energía intacta, Guillermo Francella encarna 16 personajes en Homo Argentum, una comedia dramática que celebra y cuestiona con humor, ternura e ironía nuestro perfil nacional. Entre vignettes biográficas, cuestionamientos sobre lo televisivo y una pausa en El encargado, el actor vuelve a ser espejo del público argentino.
Guillermo Francella está nuevamente en el cine, más inquieto y reflexivo que nunca. En Homo Argentum, dirigida por Mariano Cohn y Gastón Duprat, interpreta 16 personajes que, en apenas viñetas, revelan niveles de humor, emoción, crítica y autobiografía. Desde la reverencia a sus padres y su infancia en Beccar hasta la nostalgia por sus hijos y su ex, pintó en cada mini-historia su ADN argentino, el de todos nosotros.
Cuenta que el formato surgió de una charla casual: “¿Qué tenés ganas de hacer?”, le preguntó Duprat. Francella recuerda que admiraba esa estructura episodica —como en Los monstruos de Tognazzi o Sordi—, que combinaba sarcasmo con reflexión. En palabras suyas, “eran muy crueles” y hoy aún más exagerados. Pero ese humor con filo es justo lo que regresa Homo Argentum, en una apuesta de cine tradicional, que no llega directo a plataformas, sino que ríe, emociona y revive la ceremonia del cine.
“Tenemos ilusión de llevar de nuevo la gente al cine”, dice. Y tiene razón: lo común es quedarse en casa mirando un streaming, pero lo extraordinario sigue siendo la ritualidad de una sala, la neblina del proyector, el instante compartido de una carcajada colectiva.
En una de las viñetas más conmovedoras, Francella interpreta al padre que despide a su hija que migra, no al casarse, sino al irse del país. Ese tirón al alma habla de una realidad local que pocas bromas alcanzan a tocar. Lejos del humor inmediato, el papel encarna nostalgia, renuncia y afectos más profundos.
Francella también participa como productor ejecutivo del filme. Habla, opina, sugiere el elenco, acompaña el guion desde afuera. Juega con Eliseo, su personaje de El encargado, aunque ya duda de continuar en esa serie. “Son tres meses de once horas diarias”, confiesa. Y acaso ese sobrepeso actoral lo lleve a buscar nuevos formatos más breves pero intensos, como este.
El actor recorre también Italia para filmar uno de los cortos. Viene de raíces calabresas y se emociona al hablarnos de su abuelo albañil, Domenico, que llegó a Buenos Aires desde Génova. “Los rostros que interpreto en Homo Argentum son argentinos, pero también son una permanencia de los que llegaron antes”, reflexiona, encarnando nuestras capas migratorias.
Aún bronca por lo que le pasó a El secreto de sus ojos en Hollywood—“la versión fue cualquier cosa”—, Francella mantiene esa pasión por el oficio, por Rio Negro, el humor de calle, las voces porteñas que aún laten en cada diálogo, en cada máscara transformada.
Hoy, con un driver de golf en mano y una cámara que lo transforma tres horas y media al día, vuelve al cine con Homo Argentum el jueves 14 de agosto. Y, como bromea, si vas al cine, con suerte te toca sentarte al lado suyo… o quizá deberías.