El urbanismo que cambió Medellín se enfrenta a su mayor examen

04 novembre 2025 - 12:08

Dos décadas después de iniciar la transformación que convirtió a la capital antioqueña en referente global, el exalcalde Sergio Fajardo presenta «Ciudad sin muros», un análisis sobre el poder del diseño urbano para cambiar sociedades. Sin embargo, el legado de aquella revolución se enfrente a una amarga realidad: emblemáticas obras permanecen cerradas por problemas estructurales, mientras expertos debaten si el modelo priorizó la estética sobre los procesos sociales que debían sostener el cambio. La reflexión sobre este capítulo decisivo de América Latina cobra urgencia ante los desafíos urbanos que enfrentan las ciudades del continente.

El día que Sergio Fajardo asumió como alcalde de Medellín en enero de 2004, heredó una ciudad marcada por décadas de violencia. La capital antioqueña había sido el epicentro del narcotráfico, con una tasa de homicidios que la catalogaba como una de las urbes más peligrosas del planeta. Los barrios de las laderas, donde se concentraban más de 600.000 personas en condiciones de pobreza extrema, funcionaban como territorios controlados por grupos armados donde el Estado apenas se hacía presente. Cuatro años después, cuando entregó el cargo, dejaba una ciudad que había reducido sus indicadores de violencia y que se había convertido en objeto de estudio internacional por su apuesta al urbanismo social.

En su reciente libro «Ciudad sin muros», editado por la Universidad EAFIT y escrito junto al urbanista Alejandro Echeverri, Fajardo analiza aquella experiencia que transformó el rostro físico y social de Medellín. La obra reúne testimonios de quienes participaron en aquel proyecto colectivo y reflexiona sobre las claves que permitieron el cambio. Durante su mandato, la administración invirtió más de 20 millones de dólares en infraestructura educativa y cultural, concentrando los recursos en las zonas con menores índices de desarrollo humano. Se construyeron bibliotecas en lugares donde antes solo había ausencia estatal, se tendieron puentes peatonales que conectaron barrios aislados y se levantaron centros de salud y espacios públicos de calidad arquitectónica.

«Cambiamos la piel de Medellín», afirmó Fajardo en su presentación en el Instituto de Estudios Urbanos de Madrid. El exalcalde sostiene que la transformación se basó en una premisa revolucionaria: construir lo más hermoso en los lugares más vulnerables. Bajo la consigna «lo más bello para los más humildes», el gobierno municipal apostó por intervenciones arquitectónicas de primer nivel diseñadas por profesionales reconocidos como Giancarlo Mazzanti y Juan Boero. Los Parques Biblioteca se convirtieron en el símbolo más visible de esta apuesta, edificaciones monumentales que buscaban dotar de dignidad a comunidades históricamente relegadas.

La estrategia denominada Proyectos Urbanos Integrales combinaba la construcción física con programas sociales, educativos y culturales. En la comuna nororiental, una de las más afectadas por la violencia, se instalaron bibliotecas, ludotecas, centros de emprendimiento y espacios para la música y el teatro. El sistema de teleférico Metrocable conectó los barrios de montaña con el resto de la ciudad, rompiendo décadas de aislamiento. «Estuvimos con la gente, conocimos sus necesidades. Hicimos grandes cosas y hemos hecho ahora un análisis colectivo», declaró Fajardo al periódico español, destacando el componente participativo del modelo.

Las sombras de un modelo celebrado

El reconocimiento internacional llegó rápido. La Federación Panamericana de Asociaciones de Arquitectos otorgó su medalla de oro a Fajardo en 2008. Al año siguiente, el FAD de Barcelona premió el proyecto «Medellín la más educada» con el City to City Award. En 2013, la revista Wall Street Journal y Citibank declararon a Medellín como la ciudad más innovadora del mundo. El caso comenzó a estudiarse en universidades de todo el planeta como ejemplo de transformación urbana exitosa. Fajardo terminó su mandato con índices de aprobación superiores al 80 por ciento, una cifra prácticamente inédita en la política latinoamericana.

Sin embargo, dos décadas después, el balance del urbanismo social presenta aristas complejas. La Biblioteca España, una de las obras emblemáticas inaugurada en 2007 con presencia de los reyes Juan Carlos y Sofía, permanece cerrada desde 2015 por problemas estructurales. Las filtraciones de agua detectadas apenas un año después de su apertura derivaron en daños graves que obligaron al cierre. Desde entonces, múltiples intentos de reconstrucción han fracasado. En febrero de 2025, la actual administración tuvo que liquidar el último contrato de reparación tras incumplimientos del contratista, según informó el medio Las2Orillas. Una obra que costó inicialmente 9.000 millones de pesos ha demandado ya inversiones por más de 30.000 millones sin estar operativa.

El arquitecto Mazzanti, diseñador de la biblioteca, responsabilizó públicamente al constructor de no seguir los planos. La Contraloría de Medellín confirmó esta versión, señalando fallas en la construcción y supervisión. El episodio encendió un debate sobre si el modelo priorizó la monumentalidad arquitectónica sobre la sostenibilidad técnica y social de los proyectos. Daniel Carvacho, concejal de Medellín, advirtió en un análisis publicado por el portal Elaboraciones Sociales que «en el urbanismo social, lo más importante no es el urbanismo, sino lo social». Carvacho señala que las fotografías de edificios espectaculares eclipsaron los procesos comunitarios que debían acompañar las obras.

Echeverri, quien dirigió la Empresa de Desarrollo Urbano durante la administración Fajardo, admite en el libro que el desafío pendiente es la sostenibilidad de las intervenciones. La continuidad política ha sido irregular: cada nuevo alcalde ha intentado imponer su propio sello, en ocasiones descuidando lo construido por sus predecesores. Proyectos iniciados quedaron inconclusos cuando cambiaron las administraciones, y el mantenimiento de las obras ha sido deficiente. La falta de recursos humanos y económicos para sostener la programación cultural y social en las bibliotecas ha reducido su impacto transformador. Algunos espacios, pensados como centros de encuentro comunitario, funcionan hoy con servicios limitados o han sido subutilizados.

El urbanismo como herramienta, no como fin

Fajardo reconoce hoy que la transformación urbana debe ir acompañada de cambios institucionales profundos y sostenidos. En su actual rol como profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey, donde analiza casos de transformación pública, insiste en que el urbanismo es una herramienta, no un fin. «Hicimos intervenciones integrales con múltiples componentes simultáneos», explicó en una reciente entrevista al medio DF Sud. El modelo requería coordinar educación, salud, cultura, infraestructura y desarrollo económico en territorios específicos, algo que demanda capacidades institucionales excepcionales y continuidad política que pocas ciudades logran mantener.

El debate sobre el legado del urbanismo social de Medellín trasciende lo local. Ciudades de América Latina han intentado replicar aspectos del modelo con resultados variables. La experiencia colombiana demuestra que las transformaciones urbanas profundas requieren más que inversión en infraestructura: necesitan procesos participativos genuinos, sostenibilidad técnica, continuidad institucional y, sobre todo, comprensión de que el espacio público es solo el escenario donde debe tejerse el cambio social. Como señala Fajardo en «Ciudad sin muros», las bibliotecas y parques eran medios para recuperar la confianza ciudadana y reconstruir el tejido social fragmentado por la violencia, no obras que por sí mismas generaran transformación.

Dos décadas después de aquella apuesta revolucionaria, Medellín sigue siendo un laboratorio urbano que oscila entre el reconocimiento internacional y las críticas por obras inconclusas o deterioradas. La ciudad conserva indicadores de violencia significativamente menores que en 2004, aunque persisten desafíos en seguridad y equidad. El urbanismo social demostró que la inversión pública focalizada en territorios marginales puede generar cambios tangibles, pero también evidenció que sin procesos sociales robustos y mantenimiento institucional, las obras físicas no garantizan transformaciones duraderas. La lección para América Latina es clara: cambiar ciudades requiere mucho más que construir edificios hermosos.

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