La Asamblea Legislativa de El Salvador aprobó una reforma constitucional que permite la reelección indefinida y amplía el mandato presidencial, en una votación exprés que consolida el poder de Nayib Bukele y reaviva los temores sobre la deriva autoritaria en Centroamérica.
En pocas horas y sin debate real, el partido Nuevas Ideas, que domina la Asamblea con mayoría absoluta, dio luz verde a un paquete de cambios que altera las reglas del juego democrático: desaparece la limitación a los mandatos, el periodo presidencial pasa de cinco a seis años y se elimina la segunda vuelta electoral. En la práctica, el camino queda despejado para que Bukele permanezca en el poder mientras conserve la fuerza política para hacerlo.
El mandatario, que ya había sorteado en 2024 la prohibición constitucional de la reelección gracias a una sentencia favorable de jueces afines, ve ahora ampliado su margen de maniobra hasta el extremo. El argumento oficialista es sencillo: que “el pueblo decida” cuántas veces quiere reelegir a sus autoridades. Pero la oposición lo describe de otra manera: “Hoy murió la democracia en El Salvador”, sentenció la diputada Marcela Villatoro.
La medida llega en un contexto de creciente presión sobre periodistas, ONG y defensores de derechos humanos. Organizaciones como Cristosal, que documentan detenciones arbitrarias y muertes en prisión bajo el régimen de excepción, se han visto obligadas a reducir o suspender su presencia en el país. En paralelo, la popularidad de Bukele sigue siendo alta: su “guerra contra las pandillas” ha reducido los índices de violencia, aunque a costa de encarcelamientos masivos sin garantías procesales.
La reforma también unifica el calendario electoral, de modo que presidenciales, legislativas y municipales coincidan en 2027. Para los analistas, este rediseño fortalece aún más al partido gobernante, que podrá capitalizar el arrastre de la figura presidencial en todas las boletas.
Lo ocurrido en El Salvador suena familiar para quienes seguimos la política latinoamericana: un presidente que concentra poder, un Congreso dócil y un pueblo dividido entre miedo y esperanza. Bukele ironiza cuando lo llaman dictador. Pero lo preocupante es que esa ironía, si se repite lo suficiente, acabe siendo el nuevo nombre del sistema.