El arresto domiciliario del histórico comandante Bayardo Arce confirma una tendencia que ya no se disimula en Nicaragua: el régimen Ortega-Murillo ya no se enfrenta solo a sus opositores, sino que ha comenzado a devorarse a sí mismo.
La escena condensa el momento político que vive Nicaragua: un exguerrillero, asesor presidencial durante casi dos décadas, rodeado por vigilancia policial, sin escolta, sin funciones, reducido al silencio del encierro doméstico. Bayardo Arce, uno de los últimos nombres visibles de la vieja guardia sandinista, acaba de ser puesto bajo arresto domiciliario por decisión del mismo régimen al que sirvió desde sus orígenes. La noticia fue confirmada por medios en el exilio y antiguos compañeros de lucha que hoy observan desde lejos cómo el Frente Sandinista se transforma en un aparato de control puramente familiar.
Henry Ruiz, Humberto Ortega y ahora Arce: tres nombres históricos del sandinismo, tres hombres que encarnaron la revolución nicaragüense desde sus inicios, hoy sometidos al repliegue forzado. El poder no tolera ni siquiera la memoria de sus orígenes. La consigna parece diáfana: todo lo que no se subordine plenamente al binomio Ortega-Murillo será purgado, marginado o silenciado.
Desde su exilio, la excomandante Dora María Téllez ha dicho lo que muchos ya sospechaban: Rosario Murillo está operando una limpieza interna, preparando la sucesión ante el deterioro físico de Daniel Ortega. El presidente, visiblemente enfermo, ya no gobierna con la intensidad de antes. Su presencia en actos oficiales es esporádica y, según médicos exiliados, su salud está comprometida por una insuficiencia renal y un cuadro crónico de lupus. Pero el poder, como sabemos, no espera la biología: se anticipa, se acomoda, se rearma.
En ese reacomodo, los viejos aliados se vuelven incómodos. Bayardo Arce, desde 2007 asesor económico del presidente, había sido progresivamente desplazado. Años atrás todavía compartía mesas con magnates regionales como Carlos Slim. Hoy, su residencia está vigilada por agentes, y su nombre aparece ahora como figura sospechosa de deslealtad o corrupción.
Más que un castigo personal, lo de Arce es el síntoma de un proceso más amplio: el repliegue totalitario de un régimen que ya no necesita adversarios externos para radicalizarse, porque encuentra dentro de sí los fantasmas que lo acechan. Arturo McFields, exembajador de Nicaragua ante la OEA, lo resumió con claridad: “No es una señal de fortaleza sino de gran debilidad”.
En lugar de una transición pactada o institucional, Nicaragua asiste a una lenta implosión. Las estructuras estatales se han convertido en extensiones de la voluntad de una pareja que no tolera ni divergencias tácticas. La lealtad absoluta es ahora la única credencial permitida para seguir en pie. Y en esa lógica, la historia pesa demasiado, sobre todo cuando algunos de sus protagonistas conservan autonomía, criterio o simple memoria.
La purga interna del sandinismo no busca justicia ni reforma. Busca despejar el camino para un nuevo modelo de poder heredado, sin matices, sin historia y sin interlocutores reales. Mientras tanto, el país sigue hundido en un estado de represión constante, con instituciones paralizadas, medios silenciados y opositores forzados al exilio.
La historia persiste más allá de quienes intentan sepultarla. El encierro de Arce desplaza su figura del centro del poder, pero reafirma su lugar en la memoria de la revolución y revela las fisuras internas del régimen. La percepción de un desenlace inminente crece no tanto por la presión externa como por el desgaste visible que emerge desde las propias grietas del sistema.