Hasta hace no mucho, la palabra “islam” evocaba en América Latina algo remoto: desiertos lejanos, turbantes, mezquitas de postal o, más recientemente, noticias internacionales cargadas de sospecha. Sin embargo, en las últimas décadas, el islam ha dejado de ser un exotismo absoluto para integrarse, con timidez pero con constancia, en la vida de nuestras sociedades.
Hoy en día, encontramos mujeres con hiyab en las calles de Ciudad de México, Lima o Buenos Aires. Hay mezquitas en Foz de Iguaçu, Maicao y Caracas, y en Brasil se estima una comunidad de cientos de miles, aunque las cifras varían según la fuente y la intención política detrás de los cálculos. ¿Cómo llegó el islam hasta aquí y qué significa su expansión en el siglo XXI?
Primero, analicemos la suposición tácita que solemos aceptar: que el islam es ajeno a América Latina. Esa percepción ignora las migraciones árabes que, desde finales del siglo XIX, trajeron consigo no solo el comercio y la lengua, sino también la fe. Aunque la mayoría de los inmigrantes siriolibaneses fueron cristianos, también llegaron musulmanes y drusos. Muchos se integraron con rapidez, diluyendo su práctica religiosa hasta casi desaparecer de la memoria colectiva. Pero esa historia está cambiando.
Un escéptico podría decir: “Son pocos, no tienen peso social ni político”. Sin embargo, esa visión olvida dos fenómenos paralelos: el crecimiento sostenido de las comunidades islámicas urbanas, alimentadas por nuevas olas migratorias (marroquíes, egipcios, pakistaníes, africanos), y el aumento, modesto pero persistente, de conversos latinoamericanos, incluidos indígenas en México y Chile o afrobrasileños en São Paulo.
¿Es este auge solo un efecto del financiamiento saudí e iraní, como señalan algunos observadores, o existe un interés genuino por parte de los latinoamericanos? La respuesta no es unívoca. Si bien los petro-dólares han erigido mezquitas monumentales como la de Buenos Aires, también hay conversiones que nacen de una búsqueda espiritual en un continente que transita entre el desencanto católico, la fragmentación evangélica y la seducción de nuevas espiritualidades globales.
La lógica que sostiene el crecimiento islámico no es simplemente numérica. Se basa en la visibilidad: la oferta de becas, los programas radiales, la enseñanza del árabe como puente identitario y la creación de redes comunitarias que ofrecen un sentido de pertenencia en contextos urbanos alienantes. Sin embargo, no todo es integración armónica. Las tensiones internas son reales: las comunidades árabes tradicionales miran con recelo a los conversos criollos, y persisten debates sobre si el islam latinoamericano debe “arabizarse” o adaptarse a los códigos culturales locales.
Si revisamos nuestro propio razonamiento, ¿no será que exageramos la importancia de estas comunidades por el prisma mediático global, o por el temor heredado de la política exterior estadounidense? ¿O quizá, al contrario, ignoramos un movimiento que, aunque minoritario, es síntoma de la apertura latinoamericana al mundo?
Desde la perspectiva sociológica, la historia latinoamericana está marcada por mestizajes culturales y religiosos. El islam, al arraigarse discretamente en nuestras ciudades y pueblos, no hace más que repetir ese proceso de síntesis. Su futuro dependerá de su capacidad de adaptarse sin renunciar a sus fundamentos, de su apertura a la pluralidad y de la hospitalidad de las sociedades que lo acogen.
América Latina, tierra de sincretismos y resistencias, podría no solo tolerar sino reconfigurar el islam, imprimiéndole un sello propio. Quizá esa será su mayor contribución a la historia global de esta fe: un islam latinoamericano, criollo y mestizo, tan diverso como el continente que lo recibe.