Un comentario aparentemente ligero de Gustavo Petro durante un acto oficial en el Cauca reaviva el debate sobre el lenguaje del poder en América Latina. Más que una anécdota, lo ocurrido con Gloria Miranda revela cómo los gestos y palabras presidenciales pueden desplazar el sentido de una política pública hacia un terreno que mina la credibilidad institucional.
Durante el Pacto Territorial celebrado en Cauca, la directora de Sustitución de Cultivos Ilícitos, Gloria Miranda, terminaba su intervención cuando el presidente decidió rodearla con un gesto corporal y lanzar un comentario que, más allá de la sonrisa momentánea, expuso la fragilidad de un estilo político que confunde cercanía con trivialidad. “Gloria, como todas las funcionarias del Gobierno del Cambio, es hermosa. Cada vez que se me acercan, los periodistas chismosos dicen que son novias mías”, expresó Petro ante los presentes, agregando que la funcionaria recién se había casado. La respuesta de Miranda, con una mezcla de incomodidad y elegancia, fue reveladora: “Que me feliciten más bien, porque encontrar el amor no es fácil”.
El episodio, grabado y difundido incluso desde las cuentas oficiales del presidente, adquirió rápidamente protagonismo en redes sociales y noticieros. Lo paradójico es que en esa misma intervención se anunciaban 66.000 millones de pesos destinados a la sustitución de cultivos ilícitos en el Cauca, uno de los programas más complejos del actual gobierno. La estrategia que busca transformar economías cocaleras en proyectos productivos alternativos quedó en segundo plano frente a un comentario que fue leído como gesto paternalista y hasta machista. La política se diluyó en la anécdota.
Colombia ha vivido largas décadas de gobiernos donde la palabra presidencial era utilizada como instrumento de solemnidad o como recurso de autoridad. Petro, en cambio, ha preferido un estilo cercano, cargado de giros coloquiales y gestos de espontaneidad. Esa cercanía, sin embargo, puede volverse en contra cuando se proyecta en escenarios que exigen sobriedad. El lenguaje personalista abre la puerta a interpretaciones contradictorias y, lo más grave, reduce la centralidad de políticas que deberían debatirse con rigor técnico y político.
El caso refleja un patrón latinoamericano: líderes que, en busca de carisma, han convertido espacios institucionales en vitrinas de estilo personal. Desde los discursos improvisados de Hugo Chávez hasta las bromas incómodas de Jair Bolsonaro, el continente ha visto cómo la frontera entre la autoridad y el espectáculo se difumina. Petro, al querer mostrarse como presidente cercano a sus funcionarias y a su equipo, corre el riesgo de reproducir esos mismos esquemas, donde el protagonismo del líder eclipsa los temas de fondo.
Lo ocurrido en Cauca también ilustra la fractura cultural de una sociedad que reacciona de manera ambivalente. En redes sociales abundaron críticas que denunciaban la incomodidad visible de Gloria Miranda, pero también hubo aplausos de seguidores que interpretaron el gesto como un simple chiste. Esa ambivalencia refleja un dilema más amplio: qué se espera de un líder en un momento histórico donde los movimientos feministas han puesto en el centro la dignidad de las mujeres y donde la política demanda mayor sobriedad institucional.
La agenda internacional de Petro insiste en presentarlo como un referente verde, progresista y comprometido con el cambio de paradigma económico. Sin embargo, gestos como el ocurrido en el Cauca proyectan un mensaje contradictorio que debilita esa imagen. La sustitución de cultivos, más allá de los tecnicismos, es un asunto que toca fibras de paz, de soberanía alimentaria y de futuro para miles de familias campesinas. Que esa política haya quedado en segundo plano frente a un comentario presidencial es muestra de cómo la forma puede vaciar de contenido al fondo.
El país necesita un debate serio sobre la política antidrogas, sobre la sustitución de economías ilegales y sobre los mecanismos para garantizar alternativas viables a las comunidades. Lo que se espera del presidente es que lidere esa conversación con firmeza y visión estratégica. La ligereza, por muy humana que parezca, se transforma en ruido que desgasta tanto al discurso como a la política pública.
El episodio de Gloria Miranda debería recordarse menos por el chiste de Petro y más como una advertencia de lo que ocurre cuando el poder se expresa sin calibrar su impacto. Cada palabra presidencial importa, cada gesto queda registrado, y en una democracia frágil, la confianza ciudadana se juega también en esos detalles. El Cauca no necesita anécdotas, necesita políticas eficaces que transformen su realidad. Y Colombia, más allá de las sonrisas pasajeras, requiere un presidente consciente de que el lenguaje no solo comunica, también construye o erosiona legitimidad.
Gloria tiene la responsabilidad de la sustitución pacífica de cultivos ilícitos. Van 66.000 millones para que el campesinado caucano sustituya cultivos no lícitos. Es dinero del pueblo colombiano para que norteamericanos y europeos no consuman tanto. pic.twitter.com/sPoDbh7zIn
— Gustavo Petro (@petrogustavo) September 12, 2025