El cerco del Caribe: Maduro busca salvavidas en Moscú, Pekín y Teherán

11 novembre 2025 - 16:44

Documentos internos del gobierno estadounidense revelan que Nicolás Maduro ha solicitado formalmente ayuda militar a Rusia, China e Irán para modernizar sus sistemas de defensa, mientras Washington despliega su mayor fuerza naval en el Caribe desde la primera Guerra del Golfo. El régimen venezolano enfrenta la presión más intensa de Estados Unidos en años, con bombardeos, sobrevuelos estratégicos y la llegada del portaaviones Gerald Ford, el buque de guerra más grande del mundo, a escasos kilómetros de sus costas.

La crisis venezolana ha entrado en una fase de escalada sin precedentes. A finales de octubre, el presidente Nicolás Maduro envió una carta al líder ruso Vladimir Putin solicitando asistencia militar urgente. El contenido de esa misiva, revelado por documentos clasificados obtenidos por The Washington Post, expone el nivel de desesperación del régimen chavista: Caracas pide la reparación de sus cazas Sukhoi Su-30, la modernización de sistemas de radar, la adquisición de misiles antiaéreos y apoyo logístico a través de la corporación estatal rusa Rostec, con un plan de financiamiento a tres años que el gobierno venezolano no puede costear por sí solo.

No se trata únicamente de Rusia. Los documentos confirman que Maduro ha lanzado una ofensiva diplomática múltiple, buscando respaldo militar simultáneo de China e Irán. Al presidente Xi Jinping le solicitó expandir la cooperación militar bilateral y acelerar la producción de sistemas de detección de radar fabricados por empresas chinas. Ramón Celestino Velásquez, ministro de Transporte venezolano, coordinó durante una visita reciente a Teherán el envío de equipamiento militar que incluye drones con alcance de mil kilómetros, inhibidores de GPS y sistemas de detección pasiva. La simultaneidad de estas gestiones revela una estrategia de supervivencia: ante el cerco estadounidense, Maduro busca blindarse con el apoyo de las tres potencias que Washington considera rivales estratégicos.

El desembarco ruso a finales de octubre de un avión Ilyushin Il-76 en Caracas, sancionado por Estados Unidos en 2023 por transporte de armas y mercenarios, sugiere que los vínculos militares entre Moscú y el régimen bolivariano permanecen activos. Sin embargo, analistas advierten que el respaldo del Kremlin será más simbólico que sustantivo. Francisco Monaldi, director del Programa de Energía Latinoamericana de la Universidad Rice, es tajante: Rusia ya no está invirtiendo en Venezuela. La guerra en Ucrania, las sanciones económicas occidentales y la necesidad de reorientar recursos hacen poco probable un apoyo militar significativo. El tratado estratégico ratificado por Putin con Caracas en mayo de 2025 habla de cooperación en defensa, pero los compromisos concretos brillan por su ausencia.

Washington despliega su arsenal en el Caribe 

Mientras Maduro ruega asistencia externa, Estados Unidos ha movilizado su capacidad militar más impresionante en décadas hacia la región. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, ordenó el despliegue del portaaviones USS Gerald R. Ford al Caribe, el buque insignia de la Marina estadounidense y el más grande jamás construido. Con capacidad para transportar más de 5.000 efectivos y cerca de 90 aeronaves de combate, incluidos cazas F-35C Lightning II y F/A-18 Super Hornet, el Gerald Ford atravesó el estrecho de Gibraltar a principios de noviembre rumbo al mar Caribe. El portaviones se une a una formidable fuerza que incluye ocho buques de guerra, entre ellos los destructores USS Gravely, USS Jason Dunham y USS Sampson, el crucero lanzamisiles USS Lake Erie, tres buques anfibios y un submarino nuclear de ataque.

Según el Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales, este es el despliegue naval más grande en Latinoamérica en al menos 25 años, quizás en cuatro décadas. Mark Cancian, coronel retirado de Infantería de Marina y experto del CSIS, calculó que unos 16.000 efectivos militares estadounidenses operan actualmente en la región del Caribe. Además de la presencia naval, Washington ha intensificado los sobrevuelos estratégicos: bombarderos B-52 y B-1B Lancer han volado paralelos a la costa venezolana, acercándose a menos de diez kilómetros del archipiélago de Los Testigos antes de regresar a sus bases. Cazas F-35 de última generación se han desplegado en Puerto Rico, completando un cerco aéreo y naval que el régimen de Maduro no tiene capacidad real de contrarrestar.

La justificación oficial de Trump para esta movilización militar es la lucha contra el narcotráfico. Desde septiembre, Estados Unidos ha atacado al menos 14 embarcaciones en el Pacífico y el Caribe que vincula con el tráfico de drogas, provocando 61 muertes según cifras oficiales. Sin embargo, Washington no ha presentado pruebas concluyentes de los vínculos de estas embarcaciones con cárteles, y la ONU acusó al gobierno estadounidense de violar el derecho internacional al cometer ejecuciones extrajudiciales. La administración Trump describe al gobierno de Maduro como líder de una organización criminal que controla el narcotráfico a través del llamado Cártel de los Soles, convirtiendo a Venezuela en un narcoestado y centro del terrorismo internacional.

Ambigüedad estratégica y mensajes cruzados 

Trump ha jugado al despiste sobre sus verdaderas intenciones. El 31 de octubre negó públicamente que Estados Unidos esté planeando bombardeos dentro de Venezuela, pero días antes había declarado que las operaciones pasarían a una nueva fase con bombardeos en tierra. The Wall Street Journal y Miami Herald reportaron, citando fuentes cercanas a la administración, que Estados Unidos está ultimando una lista de infraestructuras militares venezolanas como blancos potenciales: puertos, aeródromos y centros de comando controlados por las Fuerzas Armadas. El objetivo, según estas fuentes, no sería únicamente desmantelar redes de narcotráfico, sino enviar un mensaje directo a Maduro para que abandone el poder.

La respuesta del régimen chavista combina retórica beligerante con gestos de apaciguamiento. Maduro ordenó ejercicios militares de 72 horas cubriendo el cien por ciento de la línea costera venezolana, con despliegue de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, cuerpos policiales y milicianos en 284 frentes de batalla. El discurso oficial habla de nervios de acero, calma y cordura ante la amenaza estadounidense. Sin embargo, reportes de The New York Times y Miami Herald sugieren que sectores del régimen han intentado acercamientos discretos con Washington, ofreciendo concesiones que incluirían contratos de explotación petrolera, reducción de negocios con China, Rusia e Irán, e incluso propuestas de transición política sin Maduro presentadas por los hermanos Jorge y Delcy Rodríguez.

El cálculo de las potencias y el destino de Maduro

 Para Rusia, mantener a Maduro en el poder tiene valor simbólico como presencia política en el hemisferio occidental, especialmente cuando la OTAN le impone límites en Europa. Pero Moscú ha reducido drásticamente su interés en Venezuela en años recientes, con la guerra en Ucrania absorbiendo recursos y atención. El académico ruso Victor Jeifets, especialista en América Latina, señala que el tratado ratificado con Caracas es ambiguo y no implica asistencia militar directa. El contraste con 2019, cuando Rusia envió tropas a Caracas para apuntalar al régimen bolivariano, evidencia el cambio de prioridades. James Story, exembajador estadounidense en Venezuela, admite que el despliegue de más del diez por ciento de los activos navales estadounidenses en el Caribe supone una victoria indirecta para Putin al desviar recursos y atención de Europa.

China e Irán ofrecen escenarios similares. Pekín mantiene intereses económicos en Venezuela relacionados con explotación de recursos naturales, pero su apuesta estratégica en América Latina se ha diversificado hacia economías más estables como Brasil, Chile y Argentina. Teherán, sometido a sanciones internacionales y con recursos limitados, puede enviar drones y equipamiento de interferencia electrónica, pero carece de capacidad para cambiar el equilibrio militar en el Caribe. Los analistas coinciden: la ayuda de estos aliados tiene más de gesto político que de respaldo militar efectivo. Venezuela no está en condiciones de resistir una amenaza del tamaño del grupo de tarea estadounidense desplegado, y en un eventual conflicto solo podría responder mediante guerra asimétrica centrada en resistencia popular.

La líder opositora María Corina Machado, recientemente galardonada con el Premio Nobel de la Paz, afirma que el régimen de Maduro está más débil que nunca. La militarización del Caribe por parte de Washington busca acelerar una implosión interna del chavismo, aprovechando fracturas dentro del régimen y la presión económica acumulada tras años de sanciones. Un analista político venezolano, que prefiere el anonimato, resume la estrategia estadounidense: las operaciones militares contra el narcotráfico son la bandera bajo la cual Estados Unidos aumenta su presencia en la región, pero el objetivo real es provocar un cambio de régimen. Trump niega públicamente esta intención por razones de política interna, pero los hechos hablan por sí solos.

El desenlace de esta crisis redefinirá el equilibrio geopolítico en América Latina. Para Maduro, el cerco se cierra con cada buque estadounidense que arriba al Caribe, con cada sobrevuelo de bombarderos estratégicos, con cada ataque a embarcaciones en aguas internacionales. Sus aliados globales ofrecen palabras de respaldo pero recursos limitados. Rusia, China e Irán mantienen el contacto, ratifican tratados, envían señales de solidaridad, pero ninguno está dispuesto a un enfrentamiento directo con Estados Unidos por Venezuela. El régimen chavista enfrenta su hora más crítica desde 2019, y esta vez el salvavidas que busca en Moscú, Pekín y Teherán podría revelarse insuficiente ante la determinación de Washington de resolver, por vía militar o por colapso interno, lo que Trump denomina el problema venezolano.

 

Compartir el artículo