Colombia y el retorno del miedo

23 août 2025 - 10:20

Un camión bomba volvió a estremecer a Colombia. Esta vez en Cali, ciudad mestiza y musical, donde la muerte interrumpió la cotidianidad con el estruendo del terror. El ataque, sumado al derribo de un helicóptero en Antioquia, revive la vieja sensación de que el país está atrapado en un círculo que repite sus tragedias con nombres distintos y heridas idénticas.

Colombia no despierta de su pesadilla, apenas cambia el decorado. Antes fueron los “pájaros” y los “chulavitas”; después, las FARC, los paramilitares, los carteles; ahora, las disidencias con drones, explosivos y discursos reciclados. En el fondo, la misma herida: un Estado que llega tarde o no llega, una oligarquía que administra el miedo como herramienta de poder, y un pueblo que carga el duelo sin descanso.

La explosión en Cali dejó muertos, heridos y un rumor de zozobra que se esparce más rápido que la pólvora. La inteligencia falló, reconoció el alcalde. Y la falla no es técnica: es estructural. Porque desde hace décadas la violencia se recicla como un idioma oficial del país, transmitido de generación en generación, inscrito en el ADN cultural, como señalaron Germán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna en su investigación pionera La Violencia en Colombia.

El presente se confunde con los ecos del pasado. La violencia política que arrasó en los años cincuenta, la insurgencia que se levantó en los setenta, la guerra sucia de los ochenta: todas parecen habitar en simultáneo, como si el país viviera en un eterno bucle. Herman Jiménez Carvajal lo expresó con crudeza: la violencia en Colombia es un inconsciente colectivo que se reactiva con cada crisis, una especie de memoria genética del conflicto que atraviesa generaciones.

Hoy la tecnología multiplica el espanto. Un dron que derriba un helicóptero en Antioquia, un camión cargado de explosivos que estalla frente a una escuela de aviación en Cali: escenas que podrían pertenecer a la guerra de Ucrania, pero ocurren en un país que firmó la paz en 2016. La ironía es cruel. El acuerdo de La Habana prometía un cierre histórico; sin embargo, el vacío dejado por los desmovilizados fue ocupado por mafias y facciones que disputan territorios a sangre y fuego.

El presidente Gustavo Petro quiso ensayar un camino distinto: hablar con todos, invocar la “paz total”. Pero la paz se le deshace en las manos mientras las disidencias muestran que saben negociar y combatir a la vez. El discurso oficial insiste en que los ataques son signos de “desespero”, pero la realidad indica lo contrario: los grupos armados se adaptan, innovan y utilizan el diálogo como táctica dilatoria. La derecha, golpeada por el asesinato de su candidato Miguel Uribe Turbay, encuentra en cada bomba el argumento perfecto para volver a la retórica de la mano dura. Y la ciudadanía, hastiada, oscila entre la esperanza y el desencanto.

El miedo vuelve a ser capital político. Y en la víspera electoral de 2026, ese capital será explotado hasta el cansancio. La violencia arranca vidas y trastoca la vida pública: distorsiona las urnas, altera las agendas y escribe sus propios relatos. Cada bomba impacta el corazón de la democracia. El recuerdo de los magnicidios de los años ochenta y noventa reaparece como un espectro incómodo, recordando que en Colombia la violencia también es un actor electoral.

¿Qué hacer frente a esta espiral? La respuesta no está en repetir la receta de siempre: más batallones, más helicópteros, más discursos de guerra. La salida exige algo más difícil: recuperar la confianza en la justicia, proteger a las comunidades que resisten, garantizar que el Estado no se retire de las periferias. Es decir, cumplir lo que nunca se ha cumplido: presencia, dignidad, derechos. Mientras las soluciones sigan siendo parciales y reactivas, la violencia seguirá reproduciéndose como un eco que no cesa.

Colombia vive bajo la sombra interminable de su propia historia. Cada atentado es eco de los anteriores, cada promesa incumplida se convierte en semilla de nuevas violencias. Pero también hay un pueblo que resiste, que baila salsa en Cali incluso después de la tragedia, que siembra memoria en los territorios donde todo parece perdido. Allí, en esa obstinación vital, puede que aún exista la posibilidad de romper el ciclo.

La violencia es al mismo tiempo cicatriz y herida abierta. Su persistencia revela tanto la fragilidad de las instituciones como la fuerza de un pueblo que se niega a desaparecer bajo la metralla. El camión bomba en Cali es un mensaje doble: habla del presente inmediato y revive la circularidad del tiempo colombiano, donde la urgencia es romper la rueda. Para lograrlo, se necesita más que la voluntad de un gobierno o el cálculo de un partido: se requiere una refundación del pacto social que devuelva confianza al ciudadano común y legitimidad al Estado.

Quizás entonces, cuando la memoria pese menos como carga y brille más como aprendizaje, Colombia podrá dejar atrás este retorno constante al miedo. Mientras tanto, cada explosión recuerda una lección amarga: la paz firmada dista de ser la paz vivida.

Fuentes:

  • G. Guzmán Campos, O. Fals Borda, E. Umaña Luna, La Violencia en Colombia, Taurus-Alfaguara, 2016.
  • H. Jiménez Carvajal, “La violencia en Colombia”, conferencia dictada el 25 de agosto de 1988 en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín.

 

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