Bukele contra la ONU: populismo centroamericano y eco trumpista

28 septembre 2025 - 10:03

El presidente salvadoreño calificó de “inútil” a la Asamblea General de Naciones Unidas y se ausentó de la cita en Nueva York. Su gesto, alineado con el discurso de Donald Trump, plantea interrogantes sobre el lugar de Centroamérica en el multilateralismo y el costo político de gobernar bajo régimen de excepción.

Nayib Bukele, el presidente que ha construido su liderazgo entre la guerra contra las pandillas y una puesta en escena permanente en redes sociales, volvió a marcar la agenda internacional con un gesto calculado al decidir no asistir a la Asamblea General de Naciones Unidas, institución que calificó de “inútil”, acompañado de la recomendación irónica de ver su discurso del año anterior “si quieren perder el tiempo como lo hice yo”.

Ese desdén hacia el foro multilateral más relevante del planeta encaja con una estrategia discursiva sostenida en el tiempo. Bukele lleva años confrontando con las organizaciones internacionales que cuestionan su política de seguridad, especialmente aquellas que han denunciado abusos de derechos humanos durante el régimen de excepción instaurado en 2022. Desde entonces, más de 89.000 personas han sido detenidas, de las cuales unas 8.000 fueron liberadas tras comprobarse su inocencia. Estas cifras ilustran la contradicción de un modelo que, pese a su dureza y sus excesos, goza de una aprobación ciudadana notable gracias a la drástica reducción de los homicidios.

El rechazo a la ONU debe leerse como una prolongación de ese pulso con los organismos internacionales: si la institución no valida su estrategia, se la descalifica como obsoleta. En este marco, el vínculo con Donald Trump aporta otra clave de interpretación, ya que el expresidente estadounidense comparte con Bukele la idea de que los organismos multilaterales son una burocracia onerosa que limita la soberanía de los Estados. Ambos explotan un lenguaje que combina la denuncia de la “decadencia global” con la exaltación del “pueblo libre” frente a enemigos internos y externos, y en más de una ocasión Trump ha elogiado abiertamente la política de seguridad salvadoreña, reforzando así una alianza simbólica.

La elección de esta narrativa tiene repercusiones directas en el escenario centroamericano. La región ha dependido históricamente de la cooperación internacional para enfrentar la pobreza, la violencia y la migración, pero si su líder más visible desprecia el principal foro mundial, se debilita la capacidad colectiva del istmo para proyectarse en la arena internacional. Mientras Guatemala, Honduras o Costa Rica intentan ganar protagonismo en la agenda climática y migratoria, El Salvador apuesta por la confrontación y por la construcción de una identidad política basada en la autosuficiencia y el rechazo al multilateralismo.

Detrás de esta actitud se esconde un fenómeno más amplio: la erosión del multilateralismo global. La ONU atraviesa una crisis de legitimidad marcada por su incapacidad para responder con eficacia a conflictos como Gaza, Ucrania o Sudán, y Bukele aprovecha esa debilidad para consolidar su imagen de outsider que se atreve a decir lo que otros callan. Esta estrategia le funciona dentro de El Salvador, donde muchos perciben a la ONU como un actor distante, desconectado de las urgencias que vive la ciudadanía. Sin embargo, la política exterior entendida como espectáculo puede aislar al país en un momento en que la cooperación internacional continúa siendo indispensable para programas de desarrollo, educación y medio ambiente.

Bukele maneja con soltura la política como un juego de imágenes y símbolos, y la difusión de un video en X repitiendo su discurso de 2024 refuerza su desafío al sistema internacional. La cuestión es cuánto tiempo puede sostenerse un liderazgo que se alimenta de la negación de los foros multilaterales sin que ello erosione la posición internacional de El Salvador, que arriesga quedar más dependiente de alianzas bilaterales frágiles y menos capaz de influir en dinámicas regionales o globales.

El presidente salvadoreño desafía a la ONU con un gesto que refuerza su perfil de líder fuerte y conecta con la narrativa trumpista, pero esa victoria simbólica puede convertirse en una derrota estratégica si aísla a Centroamérica y margina a El Salvador en un mundo donde la cooperación internacional sigue siendo vital.

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