Buenos Aires castiga a Milei en las urnas y abre camino al peronismo

08 septembre 2025 - 10:48

La derrota del presidente en la provincia más poblada de Argentina anticipa un escenario adverso para su proyecto y abre el camino a un Axel Kicillof con ambiciones nacionales.

Javier Milei había prometido clavar “el último clavo en el ataúd del peronismo” con las elecciones de la provincia de Buenos Aires. El resultado fue, sin embargo, un giro amargo: con el 95 % de las mesas escrutadas, la coalición peronista Fuerza Patria, encabezada por el gobernador Axel Kicillof, obtuvo el 47,2 % de los votos, mientras que La Libertad Avanza se quedó en 33,8 %. En el distrito que concentra el 40 % del padrón nacional, el presidente no solo perdió una batalla estratégica, sino que vio derrumbarse la narrativa de invencibilidad que intentaba sostener.

La derrota se inscribe en un contexto cargado de turbulencias. El escándalo bautizado por la prensa como “karinagate” —los audios de un exfuncionario que comprometen a Karina Milei, hermana y principal operadora política del presidente, en una supuesta red de sobornos vinculados a la compra de medicamentos para personas con discapacidad— ha golpeado duramente la credibilidad del gobierno. Según la encuestadora Trespuntocero, la popularidad presidencial cayó a 39 %, el registro más bajo desde que Milei asumió.

El malestar social se reflejó también en pequeños gestos que adquirieron gran carga simbólica: en una escuela de votación en Vicente López, junto al nombre de Karina Milei en el padrón, alguien escribió con birome “3 %”, cifra asociada a las presuntas coimas. Esa mezcla de hartazgo popular y desgaste de imagen fue el telón de fondo de un domingo electoral adverso para el oficialismo.

El contraste con Axel Kicillof fue notorio. El gobernador bonaerense, fortalecido por el triunfo, habló en tono presidencial: “Las urnas dijeron a Milei que no se pueden recortar las jubilaciones, ni golpear a la salud, ni abandonar la educación”. Con esa declaración, no solo defendió un modelo alternativo, sino que se proyectó como posible candidato para 2027. La victoria en Buenos Aires lo coloca en el centro de un tablero político que ya empieza a reorganizarse.

El golpe para Milei resulta doble. No se trata únicamente de un revés provincial: su decisión de nacionalizar la contienda —presentándola como un plebiscito contra el kirchnerismo— convirtió la elección en una prueba sobre su propio liderazgo. El resultado negativo adelanta un clima hostil para las legislativas de octubre, donde el oficialismo intentará aumentar su presencia en el Congreso. Con una agenda de recortes que ya ha chocado contra el Parlamento, una nueva derrota limitaría aún más su capacidad de maniobra.

Aun así, el presidente intentó mostrarse sereno. Reconoció la derrota, pero insistió en que el rumbo “no será modificado, sino reforzado”. Esa obstinación refleja tanto la fidelidad a su discurso de campaña como la dificultad de aceptar que el voto popular impone matices. En política, insistir en la pureza de un programa frente a una ciudadanía que reclama protección puede convertirse en un camino de desgaste irreversible.

El episodio bonaerense ofrece, en definitiva, una advertencia. Milei llegó al poder como outsider, encarnando la rabia social frente a una clase política corroída por escándalos. Sin embargo, el paso del tiempo, la lentitud de los resultados económicos y los problemas de transparencia muestran que incluso los discursos de ruptura están obligados a sostenerse en hechos y en credibilidad. La promesa de dinamitar la “casta” choca contra la percepción de que, en el corazón del poder, persisten prácticas de vieja política.

La historia argentina está marcada por presidentes que comenzaron con fuerza y se desgastaron rápidamente cuando la realidad los alcanzó. El mensaje de Buenos Aires parece encuadrarse en esa tradición: un recordatorio de que las urnas son el espacio último de legitimidad. Y cuando hablan, ningún gobierno puede fingir que no escucha.

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