Un informe reciente advierte que Brasil sería el país en desarrollo más afectado por un eventual colapso de la Organización Mundial del Comercio. El retroceso del multilateralismo amenaza con desarticular la matriz exportadora del gigante sudamericano.
La globalización, esa palabra gastada por décadas de entusiasmos y desilusiones, parece vivir su hora más incierta. Y en ese vaivén de bloques rotos y reglas diluidas, Brasil —potencia agrícola, país emergente, actor clave del Sur Global— podría ser uno de los grandes perdedores.
Un estudio elaborado por Oxford Economics a pedido de la Cámara de Comercio Internacional concluye que Brasil sería el país en desarrollo más expuesto a un colapso de la Organización Mundial del Comercio (OMC). En un escenario sin ese marco multilateral, las exportaciones brasileñas de bienes no energéticos podrían contraerse hasta un 45 % a largo plazo. Es decir, casi la mitad del flujo exportador quedaría comprometido.
El informe parte de evidencias estructurales verificables. Casi la mitad de las exportaciones brasileñas se concentran en commodities agrícolas como la soja, la carne bovina y el azúcar: productos particularmente sensibles a la imposición de aranceles, cuotas y exigencias sanitarias. Sin el paraguas normativo que hoy garantiza la OMC, esos bienes quedarían a merced de negociaciones bilaterales o disputas comerciales donde los más fuertes suelen imponer condiciones.
El modelo de Brasil ha apostado, históricamente, por el acceso a mercados bajo reglas multilaterales. No forma parte de grandes cadenas de valor global como México o Vietnam, y su inserción productiva sigue dependiendo del desempeño de los precios internacionales y del respeto a marcos regulatorios comunes. Para Brasil, la OMC ha cumplido un rol estructural clave en su estrategia comercial internacional.
El debilitamiento del organismo, agravado por el bloqueo estadounidense a su sistema de resolución de disputas desde 2019, abre una era incierta. Estados Unidos, bajo el nuevo mandato de Donald Trump, ha intensificado medidas proteccionistas y tildado a la OMC de perjudicial para sus intereses. Ante este vacío, la Unión Europea, China, Brasil y otros actores han creado mecanismos paralelos de apelación, aunque con alcance limitado.
Pero el problema va más allá de las instituciones. Lo que está en juego es el principio mismo de un comercio basado en reglas. En su lugar, emerge un orden donde las potencias definen unilateralmente los términos del intercambio y los países periféricos —aunque ricos en recursos— quedan sujetos a la lógica del ajuste.
América Latina, con Brasil a la cabeza, enfrenta una advertencia que no conviene ignorar: el regreso de los nacionalismos económicos en el Norte exige repensar la política comercial del Sur. La integración regional, la diversificación productiva y la reducción de la dependencia de materias primas se vuelven tareas urgentes. En un mundo donde cada quien defiende lo suyo, el aislamiento puede ser tan costoso como la obediencia ciega.