El presidente Luis Arce regresó de la XVII Cumbre de los BRICS en Brasil con un mensaje claro: Bolivia busca abrirse al mundo, pero no necesariamente al mundo de siempre. Sus reuniones con Rusia, India, Irán y Cuba muestran un giro estratégico hacia alianzas que desafían el orden financiero tradicional.
En su encuentro con el canciller ruso Sergey Lavrov, Arce insistió en la idea de un nuevo orden multipolar. Rusia ve en Bolivia un socio energético y político en Sudamérica, y Bolivia ve en Rusia una vía de acceso a mercados y tecnologías que no dependen de Washington ni de Bruselas.
Con India, la conversación fue más amplia: tecnología, espacio, monedas locales, desarrollo. Narendra Modi no pierde oportunidad de consolidar la presencia india en América Latina, un continente al que históricamente han prestado poca atención. Bolivia, por su parte, encuentra en la India un comprador potencial de litio y un socio con quien no tiene cuentas pendientes.
La reunión con Irán tuvo un tono más simbólico que económico, pero no deja de ser significativa. Teherán busca aliados para sortear sanciones y aislamientos; La Paz reafirma así su posición en el llamado Sur Global.
Con Cuba, el gesto fue político. Arce reiteró su rechazo al bloqueo económico que enfrenta la isla. Un mensaje esperado, pero que también refuerza la narrativa antihegemónica boliviana.
El Presidente calificó estos acercamientos como “positivos y esperanzadores”. Insistió en diversificar las exportaciones y en desconectarse progresivamente del sistema financiero hegemónico. La creación de una Alianza Internacional de Inteligencia Artificial dentro del bloque apunta a una agenda ambiciosa: insertarse en la carrera tecnológica global desde una mirada regional.
Bolivia busca aliados que no condicionen sus acuerdos a reformas estructurales o a indicadores de riesgo de agencias internacionales. Es una apuesta pragmática y política. Si resultará sostenible en términos económicos aún es una incógnita. Por ahora, Arce parece decidido a mostrar que su política exterior no será un simple eco de Washington, Bruselas o Beijing.
En un contexto donde la multipolaridad ya no es un discurso, sino una realidad en construcción, Bolivia quiere un lugar en esa mesa. La pregunta es si tendrá la fuerza y la estabilidad interna suficientes para sentarse como socio y no como invitado de ocasión.