Bogotá amaneció cubierta por un río de ciento cincuenta mil flores que atravesó el centro histórico y anunció la primera Bienal Internacional de Arte y Ciudad BOG25, un acontecimiento que durante más de cincuenta días transformará la capital en un escenario de memoria, reconciliación y creación contemporánea.
La instalación llevó el nombre Canto del río y recorrió el Eje Ambiental concebido por Rogelio Salmona, un espacio urbano que recupera el cauce del antiguo río Vicachá y que hoy vuelve a respirar a través del color y la diversidad de las flores. La intervención propuso una lectura múltiple que unió lo simbólico, lo económico y lo estético, con una Bogotá que se piensa a sí misma desde su origen fluvial y que al mismo tiempo se proyecta como una ciudad capaz de renacer con la fuerza de la naturaleza y la sensibilidad del arte.
Las flores se presentaron como signo de unidad y de vida compartida, y recordaron además el peso de un sector económico que después del café representa la exportación más significativa de Colombia. En ese cruce entre la poesía visual y la realidad productiva se expresó una ciudad que abre sus calles al arte y convierte el espacio público en lugar de experiencia común, donde las plazas y avenidas dejan de ser mero tránsito y adquieren el valor de escenarios colectivos.
La Bienal BOG25 se propuso con amplitud y diversidad, con más de doscientos cincuenta artistas contemporáneos de doce países y con la Ciudad de México como invitada de honor, en una programación que ocupará museos, parques, avenidas y edificios patrimoniales hasta el nueve de noviembre. La inauguración se llevará a cabo en la Plaza de Toros La Santamaría, hoy transformada en recinto cultural tras el fin de la tauromaquia, con una puesta escénica inmersiva titulada La Casa Común donde coincidirán música, literatura y teatro en un inicio que busca transmitir pertenencia y horizonte compartido.
La propuesta no se limitó a enumerar actividades, pues la Bienal presentó a Bogotá como obra en sí misma, con un gesto que unió memoria y contemporaneidad y que colocó a la capital en la conversación cultural latinoamericana. La ciudad se ofreció como territorio para ser habitado de un modo distinto, con un circuito que no se encierra en galerías y que se extiende hacia la calle y los barrios, con la convicción de que la cultura puede ser respirada en el caminar cotidiano.
El río de flores que atravesó el centro histórico transmitió un mensaje cargado de vida, porque la historia reciente del país suele recordarse con dolor y heridas abiertas, mientras que esta corriente vegetal propuso un relato de belleza compartida y de esperanza renovada. El gesto colocó a la ciudad en una posición frágil y al mismo tiempo vigorosa, consciente de sus cicatrices y dispuesta a imaginar otra narrativa posible.
La BOG25 se presentó así como una declaración de intenciones. Bogotá eligió mostrarse al mundo como capital capaz de reinventar sus símbolos y de pensarse en clave artística, y durante semanas los habitantes y visitantes recorrerán sus calles como si atravesaran un museo abierto, una ciudad que se ofrece como escenario de creación permanente.
Un río de flores recorre hoy el corazón de Bogotá y la imagen se levanta como invitación a confiar en que el futuro urbano también puede construirse con imaginación y con arte.