Bernardo Arévalo: la democracia sitiada en Guatemala y América Latina

25 août 2025 - 17:47

 En una entrevista concedida al diario español El Mundo, el presidente de Guatemala, Bernardo Arévalo, diagnosticó con crudeza el estado político de la región: “Hay en América Latina un retroceso de democratización”. La frase, más que un titular, encierra un balance de época: democracias sitiadas, fiscalías capturadas, poderes fácticos que resisten la transformación y sociedades que, entre el desencanto y la polarización, observan cómo los consensos básicos se diluyen.

Arévalo, que lleva un año y ocho meses en el poder tras una sorprendente victoria electoral en 2023, enfrenta un desafío particular: gobernar bajo el asedio de un Ministerio Público encabezado por Consuelo Porras, incluida en la Lista Engel de actores corruptos elaborada por Estados Unidos. Desde el inicio de su mandato, la fiscalía ha sido un obstáculo permanente, intentando frenar nombramientos, bloquear reformas y cuestionar procesos electorales. “Mi persecución acabará cuando se elija al nuevo fiscal general en mayo”, reconoció el mandatario en la conversación con El Mundo, en alusión a la importancia decisiva de esa transición institucional.

El espejo regional

Las palabras de Arévalo no se limitan al caso guatemalteco. En su análisis, lo que ocurre en Guatemala resuena en otros rincones de América Latina: el debilitamiento de los sistemas de justicia, la captura de instituciones por redes políticas y económicas, y la pérdida de confianza ciudadana en los mecanismos democráticos. El retroceso no es uniforme, pero se manifiesta con intensidad en países donde la corrupción convive con liderazgos populistas y un desencanto social que erosiona la legitimidad de los gobiernos.

La advertencia de Arévalo conecta con un debate más amplio: ¿qué significa democratizar hoy en América Latina? Para el presidente guatemalteco, el concepto va más allá de celebrar elecciones periódicas. Se trata de construir un Estado de derecho efectivo, capaz de controlar la violencia y garantizar derechos básicos. En su diagnóstico, los retos de seguridad, desigualdad y corrupción amenazan el núcleo mismo del sistema democrático.

Seguridad y cárceles

Uno de los puntos más llamativos de la entrevista es su reflexión sobre la seguridad. “Para controlar las calles hay que empezar por las cárceles”, afirmó, apuntando a la raíz del poder criminal en Guatemala. La frase remite inevitablemente a las políticas de seguridad de Nayib Bukele en El Salvador, que han cosechado tanto elogios como críticas internacionales. Arévalo parece reconocer que el crimen organizado encuentra en las prisiones un espacio de reproducción, aunque evita el tono triunfalista o punitivo de su vecino.

La violencia y el control territorial de las pandillas no son fenómenos aislados: atraviesan Centroamérica y repercuten en flujos migratorios que impactan directamente en la región y en Estados Unidos. La mirada de Arévalo, al colocar el foco en las cárceles, sugiere que la lucha por la seguridad requiere una estrategia institucional más profunda que la simple militarización de las calles.

El peso de las expectativas

En otro momento de la entrevista, el mandatario recuerda una verdad incómoda para cualquier político en la región: “Es ingenuo creer que se puede acabar con la pobreza en cuatro años”. La frase, de apariencia modesta, revela una visión de largo plazo frente a la tentación populista. Arévalo admite que los cambios estructurales no se producen en un solo mandato y que la democracia requiere paciencia y continuidad, algo difícil de sostener en sociedades marcadas por la impaciencia y la urgencia.

Este reconocimiento de los límites de la política refleja un contraste con promesas maximalistas que abundan en las campañas latinoamericanas. En un continente donde millones esperan soluciones inmediatas a problemas de décadas, sostener un discurso de realismo democrático constituye, paradójicamente, un acto de valentía política.

Un liderazgo simbólico

Arévalo proyecta la imagen de un presidente acosado, pero también consciente de que su papel puede trascender las fronteras de Guatemala. En un contexto regional donde abundan los liderazgos personalistas y autoritarios, el presidente guatemalteco reivindica el fortalecimiento de las instituciones como única vía de salida. Su experiencia con una fiscalía hostil lo convierte en un testimonio vivo de lo que significa resistir a la captura del Estado desde dentro.

Al mencionar que “su persecución” acabará con la elección de un nuevo fiscal, Arévalo recuerda lo mucho que depende la estabilidad democrática de decisiones puntuales y, a menudo, frágiles. Guatemala se convierte así en un laboratorio de la región: si logra superar sus bloqueos institucionales, puede marcar un precedente alentador; si fracasa, confirmará la percepción de que América Latina sigue atrapada en un ciclo de retrocesos.

La entrevista publicada en El Mundo ofrece una radiografía lúcida de los dilemas de la democracia latinoamericana. Bernardo Arévalo habla desde la experiencia de un país sitiado, pero su voz resuena más allá de Guatemala.En realidad, lo que late detrás del caso guatemalteco es la gran pregunta latinoamericana: cómo sostener sistemas democráticos que enfrenten la corrupción y la violencia sin ceder al espejismo de soluciones autoritarias.

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