El cierre de la residencia No me quiero ir de aquí: Una más no fue un simple concierto. Con 31 funciones en el Coliseo de Puerto Rico y transmisiones en plazas y locales, Bad Bunny convirtió la música en una celebración colectiva y en un acto de memoria.
Desde el inicio, la propuesta se concibió como un homenaje a la isla. La escenografía de La Casita, los barriles de bomba, la plena y los guiños a la salsa se entrelazaron con el reguetón que lo llevó al estrellato. La noche del cierre coincidió con el aniversario del huracán María, recordatorio de un trauma aún presente por los apagones y las pérdidas humanas, pero también símbolo de resistencia y reconstrucción.
El impacto económico fue extraordinario: un estudio de Gaither International estimó en más de 700 millones de dólares la derrama generada por la residencia, que desbordó el Coliseo hacia hoteles, restaurantes y comercios locales. Durante los primeros fines de semana se registró un aumento notable en el consumo turístico, prueba de que la música puede ser también motor económico.
Sin embargo, lo esencial fue lo simbólico. “Donde quiera que vamos, nos hacemos sentir”, proclamó Bad Bunny frente a miles de asistentes y millones de espectadores en línea. No era sólo orgullo artístico, sino afirmación identitaria de un pueblo cuya cultura se proyecta más allá de sus fronteras. La aparición de artistas como Marc Anthony, Ñengo Flow o Los Pleneros de la Cresta amplificó esa mezcla entre lo popular y lo tradicional, entre el espectáculo global y la raíz local.
La residencia dejó claro que Bad Bunny no actúa sólo para entretener. Su voz, sus gestos y la manera en que colocó a Puerto Rico en el centro de la escena global muestran cómo la música puede ser, al mismo tiempo, fiesta y declaración política. En cada canción y en cada símbolo, el artista ofreció algo más que un repertorio: entregó un espejo de su tierra.